{"id":9076,"date":"2025-12-11T18:24:15","date_gmt":"2025-12-11T18:24:15","guid":{"rendered":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/?p=9076"},"modified":"2025-12-12T03:31:23","modified_gmt":"2025-12-12T03:31:23","slug":"aniquilacionismo-parte-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/es\/aniquilacionismo-parte-2\/","title":{"rendered":"Aniquilacionismo (parte 2)"},"content":{"rendered":"\t\t<div data-elementor-type=\"wp-post\" data-elementor-id=\"9076\" class=\"elementor elementor-9076\">\n\t\t\t\t<div class=\"elementor-element elementor-element-44d66a9a e-flex e-con-boxed wpr-particle-no wpr-jarallax-no wpr-parallax-no wpr-sticky-section-no wpr-equal-height-no e-con e-parent\" data-id=\"44d66a9a\" data-element_type=\"container\" data-e-type=\"container\">\n\t\t\t\t\t<div class=\"e-con-inner\">\n\t\t\t\t<div class=\"elementor-element elementor-element-1cb89ea6 elementor-widget elementor-widget-text-editor\" data-id=\"1cb89ea6\" data-element_type=\"widget\" data-e-type=\"widget\" data-widget_type=\"text-editor.default\">\n\t\t\t\t\t\t\t\t\t<p><strong><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"size-medium wp-image-9079 alignleft\" src=\"https:\/\/academiapastoralnb.org\/wp-content\/uploads\/2025\/12\/bbwardfield4k-265x300.jpg\" alt=\"\" width=\"265\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/academiapastoralnb.org\/wp-content\/uploads\/2025\/12\/bbwardfield4k-265x300.jpg 265w, https:\/\/academiapastoralnb.org\/wp-content\/uploads\/2025\/12\/bbwardfield4k-768x870.jpg 768w, https:\/\/academiapastoralnb.org\/wp-content\/uploads\/2025\/12\/bbwardfield4k-11x12.jpg 11w, https:\/\/academiapastoralnb.org\/wp-content\/uploads\/2025\/12\/bbwardfield4k.jpg 904w\" sizes=\"(max-width: 265px) 100vw, 265px\" \/>V. Mezcla de Teor\u00edas<\/strong><\/p>\n<p>Debe tenerse en cuenta que los adeptos de estas dos clases de teor\u00edas no son muy cuidadosos en mantenerse estrictamente dentro de los l\u00edmites l\u00f3gicos de una de las clases. Por conveniente que sea abordar su estudio con una esquematizaci\u00f3n definida en mano, no siempre es f\u00e1cil asignar con certeza a los escritores individuales a una u otra de ellas. Por lo tanto, se ha vuelto usual hablar de todos ellos como aniquilacionistas o de todos ellos como condicionalistas; aniquilacionistas porque todos coinciden en que las almas de los imp\u00edos dejan de existir; condicionalistas porque todos coinciden en que, por lo tanto, la persistencia en la vida est\u00e1 condicionada a una relaci\u00f3n correcta con Dios. Quiz\u00e1 la mayor\u00eda de quienes se llaman a s\u00ed mismos condicionalistas admiten que la mortalidad del alma, que es el postulado principal de la teor\u00eda condicionalista, est\u00e1 de una u otra forma conectada con el pecado; que las almas de los imp\u00edos persisten en existencia despu\u00e9s de la muerte e incluso despu\u00e9s del juicio, para recibir el castigo debido a su pecado; y que este castigo, sea concebido como infligido desde fuera o como la simple consecuencia del pecado, tiene mucho que ver con su extinci\u00f3n. Cuando se sostiene as\u00ed, el condicionalismo ciertamente queda a poca distancia del aniquilacionismo propiamente dicho.<\/p>\n<p><strong>VI. Historia Temprana de las Teor\u00edas Aniquilacionistas<\/strong><\/p>\n<p>Ha surgido cierta confusi\u00f3n, al rastrear la historia de las teor\u00edas aniquilacionistas, por confundirlas con declaraciones de los primeros Padres de la Iglesia sobre la doctrina cristiana esencial de que el alma no es autoexistente, sino que debe, as\u00ed como su existencia, tambi\u00e9n su permanencia en el ser, a la voluntad de Dios. La aparici\u00f3n m\u00e1s temprana de una teor\u00eda genuinamente aniquilacionista en la literatura cristiana existente se encuentra aparentemente en el apologista africano Arnobio, a comienzos del siglo IV (cf. Salmond, \u201cThe Christian Doctrine of Immortality\u201d, Edimburgo, 1901, pp. 473-474; Falke, \u201cDie Lehre von der ewigen Verdammnis\u201d, Eisenach, 1892, pp. 27-28). Le parec\u00eda imposible que seres como los hombres pudieran ya sea deber su ser directamente a Dios o persistir en el ser sin un don especial de Dios; los injustos, por tanto, deben ser gradualmente consumidos en los fuegos de Gehenna.<\/p>\n<p>Una idea algo similar fue anunciada por los socinianos en el siglo XVI (O. Fock, \u201cDer Socinianismus\u201d, Kiel, 1847, pp. 714 ss.). En el lado positivo, Fausto Socino mismo pensaba que el hombre es mortal por naturaleza y alcanza la inmortalidad solo por gracia. En el lado negativo, sus seguidores (Crell, Schwaltz y especialmente Ernst Sohner) ense\u00f1aban expl\u00edcitamente que la segunda muerte consiste en aniquilaci\u00f3n, la cual tiene lugar, sin embargo, solo despu\u00e9s de la resurrecci\u00f3n general, en el juicio final. Desde los socinianos, esta visi\u00f3n general pas\u00f3 a Inglaterra donde fue adoptada, no solo, como podr\u00eda haberse anticipado, por hombres como Locke (\u201cReasonableness of Christianity\u201d, \u00a71), Hobbes (\u201cLeviathan\u201d) y Whiston, sino tambi\u00e9n por cl\u00e9rigos como Hammond y Warburton, y fue al menos jugueteada por l\u00edderes no conformistas como Isaac Watts.<\/p>\n<p>El ejemplo m\u00e1s notable de su utilizaci\u00f3n en esta \u00e9poca, sin embargo, es suministrado por el no-juramentado Henry Dodwell (1706). Insistiendo en que el \u201calma es un principio naturalmente mortal\u201d, Dodwell se neg\u00f3 a permitir el beneficio de esta mortalidad a cualquiera excepto a quienes vivieron y murieron fuera de los l\u00edmites de la proclamaci\u00f3n del evangelio; ning\u00fan \u201cadulto que viva donde el cristianismo es profesado, y los motivos de su credibilidad son suficientemente propuestos, puede esperar el beneficio de la mortalidad real\u201d. Aquellos que viven en tierras cristianas son, por lo tanto, todos inmortalizados, pero en dos clases: algunos \u201cpor el placer de Dios para castigo\u201d, algunos \u201cpara recompensa por su uni\u00f3n con el divino Esp\u00edritu bautismal\u201d. Formaba parte de su afirmaci\u00f3n que \u201cnadie tiene el poder de dar este Esp\u00edritu divino inmortalizante desde los ap\u00f3stoles excepto los obispos \u00fanicamente\u201d, de modo que su libro fue m\u00e1s bien un ataque contra los antiprelatistas que una defensa del aniquilacionismo; y fue respondido como tal por Samuel Clarke (1706), Richard Baxter (1707) y Daniel Whitby (1707).<\/p>\n<p>Durante el siglo XVIII la teor\u00eda fue tambi\u00e9n sostenida en el continente europeo (por ejemplo, E. J. K. Walter, \u201cPr\u00fcfung wichtiger Lehren theologischen und philosophischen Inhalts\u201d, Berl\u00edn, 1782), y casi encontr\u00f3 un m\u00e1rtir en el pastor de Neuch\u00e2tel, Ferdinand Olivier Petitpierre, com\u00fanmente llamado por el apodo de \u201cNo Eternity\u201d (cf. C. Berthoud, \u201cLes quatre Petitpierres\u201d, Neuch\u00e2tel, 1875). En la primera mitad del siglo XIX tambi\u00e9n encontr\u00f3 adherentes espor\u00e1dicos, como por ejemplo, C. H. Weisse en Alemania (Theologische Studien und Kritiken, ix. 1836, pp. 271-340) y H. H. Dobney en Inglaterra (\u201cNotes of Lectures on Future Punishment\u201d, Londres, 1844; nueva edici\u00f3n, \u201cOn the Scripture Doctrine of Future Punishment\u201d, 1846).<\/p>\n<p><strong>VII. Teor\u00edas del Siglo XIX<\/strong><\/p>\n<p>La verdadera extensi\u00f3n de la teor\u00eda pertenece, sin embargo, solo a la segunda mitad del siglo XIX. Durante este per\u00edodo alcanz\u00f3, principalmente gracias a la h\u00e1bil defensa de C. F. Hudson y E. White, algo parecido a una popularidad en los pa\u00edses de habla inglesa. En los pa\u00edses de habla francesa, aunque nunca lleg\u00f3 a ser realmente popular, ha atra\u00eddo la atenci\u00f3n de un c\u00edrculo influyente de te\u00f3logos y fil\u00f3sofos (como J. Rognon, \u201cL\u2019Immortalit\u00e9 native et l\u2019enseignement biblique\u201d, Montauban, 1894, p. 7; pero cf. A. Gretillat, \u201cExpos\u00e9 de th\u00e9ologie syst\u00e9matique\u201d, Par\u00eds, iv. 1890, p. 602). En Alemania, por otro lado, ha encontrado menos aceptaci\u00f3n, aunque es precisamente all\u00ed donde ha sido m\u00e1s cient\u00edficamente desarrollada y ha recibido la adhesi\u00f3n de los nombres m\u00e1s destacados.<\/p>\n<p>Antes de la apertura de esta mitad de siglo, de hecho, hab\u00eda obtenido el gran apoyo de la defensa de Richard Rothe (\u201cTheologische Ethik\u201d, 3 vols., Wittenberg, 1845-1848; 2\u00aa ed., 5 vols., 1867-1871, \u00a7\u00a7470-472; \u201cDogmatik\u201d, Heidelberg, II. ii. 1870, \u00a7\u00a747-48, especialmente p. 158), y desde entonces no ha dejado de encontrar adeptos de nota, quienes basan su aceptaci\u00f3n a veces en fundamentos generales, pero crecientemente en la opini\u00f3n de que las Escrituras no ense\u00f1an una doctrina de la inmortalidad del alma, sino una reanimaci\u00f3n por resurrecci\u00f3n del pueblo de Dios.<\/p>\n<p>Los nombres principales en esta serie son:<br>C. H. Weisse (\u201cPhilosophische Dogmatik\u201d, Leipzig, 1855-1862, \u00a7970);<br>Hermann Schultz (\u201cVoraussetzungen der christlichen Lehre von der Unsterblichkeit\u201d, G\u00f6ttingen, 1861, p. 155; cf. \u201cGrundriss der evangelischen Dogmatik\u201d, 1892, p. 154: \u201cEsta condenaci\u00f3n de la segunda muerte puede, en s\u00ed misma, seg\u00fan la Biblia, pensarse como una existencia en tormento, o como una cesaci\u00f3n dolorosa de existencia. La dogm\u00e1tica, sin aventurarse a decidir, encontrar\u00e1 la segunda concepci\u00f3n m\u00e1s probable, b\u00edblica y dogm\u00e1ticamente\u201d);<br>H. Plitt (\u201cEvangelische Glaubenslehre\u201d, Gotha, 1863);<br>F. Brandes (Theologische Studien und Kritiken, 1872, pp. 545, 550);<br>A. Sch\u00e4ffer (\u201cAuf der Neige des Lebens\u201d, Gotha, 1884; \u201cWas ist Gl\u00fcck?\u201d, 1891, pp. 290-294);<br>G. Runze (\u201cUnsterblichkeit und Auferstehung\u201d, Berl\u00edn, i. 1894, pp. 167, 204: \u201cLa escatolog\u00eda cristiana no ense\u00f1a una inmortalidad natural para el alma, sino una reanimaci\u00f3n por el poder omnipotente de Dios\u2026 La esperanza cristiana de reanimaci\u00f3n hace depender la actualizaci\u00f3n de una existencia futura bienaventurada enteramente de la fe en Dios\u201d);<br>L. Lemme (\u201cEndlosigkeit der Verdammnis\u201d, Berl\u00edn, 1899, pp. 31-32, 60-61);<br>cf. R. Kabisch (\u201cDie Eschatologie des Paulus\u201d, G\u00f6ttingen, 1893).<\/p>\n<p>La misma postura general ha sido asumida en Holanda, por ejemplo, por Jonker (Theologische Studi\u00ebn, i.).<\/p>\n<p>El primer defensor del condicionalismo en franc\u00e9s fue el pastor suizo E. P\u00e9tavel-Olliff, cuyo primer libro, \u201cLa Fin du mal\u201d, apareci\u00f3 en 1872 (Par\u00eds), seguido por muchos art\u00edculos en revistas teol\u00f3gicas francesas y por \u201cLe Probl\u00e8me de l\u2019immortalit\u00e9\u201d (1891; trad. ingl. Londres, 1892), y \u201cThe Extinction of Evil\u201d (trad. ingl. 1889). En 1880 C. Byse public\u00f3 una traducci\u00f3n del libro principal de E. White. La teor\u00eda no solo hab\u00eda sido ya presentada por A. Bost (\u201cLe Sort des m\u00e9chants\u201d, 1861), sino que hab\u00eda sido adoptada por fil\u00f3sofos de tal talla como C. Lambert (\u201cLe Syst\u00e8me du monde moral\u201d, 1862), P. Janet (Revue des deux mondes, 1863), y C. Renouvier (\u201cLa Critique philosophique\u201d, 1878); y pronto despu\u00e9s Charles Secretan y C. Ribot (Revue th\u00e9ologique, 1885, N\u00ba 1) expresaron su adhesi\u00f3n general a ella.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1 la defensa m\u00e1s destacada en suelo franc\u00e9s ha provenido, sin embargo, de los dos profesores Sabatier, Auguste y Armand, el uno desde el punto de vista exeg\u00e9tico, el otro desde el de la ciencia natural. Dice el primero (\u201cL\u2019Origine du p\u00e9ch\u00e9 dans le syst\u00e8me th\u00e9ologique de Paul\u201d, Par\u00eds, 1887, p. 38): \u201cEl pecador impenitente nunca emerge del estado carnal, y por consiguiente permanece sujeto a la ley de corrupci\u00f3n y destrucci\u00f3n que gobierna a los seres carnales; perecen y son como si nunca hubieran sido\u201d. Dice el segundo (\u201cEssai sur l\u2019immortalit\u00e9 au point de vue du naturalisme \u00e9volutioniste\u201d, 2\u00aa ed., Par\u00eds, 1895, pp. 198, 229): \u201cLa inmortalidad del hombre no es universal y necesaria; est\u00e1 sujeta a ciertas condiciones, es condicional, para usar una expresi\u00f3n establecida\u201d. \u201cLa inmortalidad ultraterrena ser\u00e1 la suerte exclusiva de las almas que hayan alcanzado un grado suficiente de integridad y cohesi\u00f3n para escapar a la absorci\u00f3n o desintegraci\u00f3n\u201d.<\/p>\n<p><strong>VIII. Defensores Ingleses<\/strong><\/p>\n<p>El principal defensor ingl\u00e9s de la inmortalidad condicional ha sido sin duda Edward White, cuyo \u201cLife in Christ\u201d fue publicado primero en 1846 (Londres), reescrito en 1875 (3\u00aa ed., 1878). Sus labores fueron apoyadas, sin embargo, no solo por obras anteriores de tendencia similar como \u201cAre the Wicked Immortal?\u201d de George Storrs (21\u00aa ed., New York, 1852), sino por ense\u00f1anzas posteriores de hombres de la talla del arzobispo Whately (\u201cScripture Revelations concerning a Future State\u201d, 8\u00aa ed., Londres, 1859), el obispo Hampden, J. B. Heard (\u201cThe Tripartite Nature of Man\u201d, 4\u00aa ed., Edimburgo, 1875), el prebendado Constable (\u201cThe Duration and Nature of Future Punishment\u201d, Londres, 1868), el prebendado Row (\u201cFuture Retribution\u201d, Londres, 1887), J. M. Denniston (\u201cThe Perishing Soul\u201d, 2\u00aa ed., Londres, 1874), S. Minton (\u201cThe Glory of Christ\u201d, Londres, 1868), J. W. Barlow (\u201cEternal Punishment\u201d, Cambridge, 1865), y T. Davis (\u201cEndless Suffering not the Doctrine of Scripture\u201d, Londres, 1866).<\/p>\n<p>Una defensa menos decisiva pero no menos influyente ha sido dada a la teor\u00eda por hombres como Joseph Parker, R. W. Dale y J. A. Beet (\u201cThe Last Things\u201d, Londres, 1897). El se\u00f1or Beet (quien cita a Clemance, \u201cFuture Punishment\u201d, Londres, 1880, como muy af\u00edn a su modo de pensar) ocupa esencialmente la posici\u00f3n de Schultz. \u201cLos escritores sagrados\u201d, dice, \u201caunque aparentemente inclin\u00e1ndose a veces a una y a veces a la otra, no pronuncian un juicio decisivo\u201d entre el castigo eterno y la aniquilaci\u00f3n (p. 216), mientras que la aniquilaci\u00f3n est\u00e1 libre de objeciones especulativas.<\/p>\n<p>En Am\u00e9rica, los esfuerzos iniciales de C. F. Hudson (\u201cDebt and Grace\u201d, Boston, 1857, 5\u00aa ed., 1859; \u201cChrist Our Life\u201d, 1860) fueron h\u00e1bilmente secundados por W. R. Huntington (\u201cConditional Immortality\u201d, New York, 1878) y J. H. Pettingell (\u201cThe Life Everlasting\u201d, Filadelfia, 1882, combinando dos tratados previamente publicados; \u201cThe Unspeakable Gift\u201d, Yarmouth, Me., 1884). Ideas de car\u00e1cter muy similar han sido expresadas tambi\u00e9n por Horace Bushnell, L. W. Bacon, L. C. Baker, Lyman Abbott y, sin mucha insistencia en ellas, por Henry C. Sheldon (\u201cSystem of Christian Doctrine\u201d, Cincinnati, 1903, pp. 573 ss.).<\/p>\n<p><strong>IX. Modificaciones de la Teor\u00eda<\/strong><\/p>\n<p>Existe una forma particular de condicionalismo que requiere menci\u00f3n especial, la cual busca evitar las dificultades del aniquilacionismo ense\u00f1ando, no la extinci\u00f3n total de las almas de los imp\u00edos, sino m\u00e1s bien, como se expresa com\u00fanmente, su \u201ctransformaci\u00f3n\u201d en seres impersonales incapaces de acci\u00f3n moral, o incluso de cualquier sentimiento. Esta es la forma de condicionalismo que sugieren James Martineau (\u201cA Study of Religion\u201d, Oxford, ii. 1888, p. 114) y Horace Bushnell (\u201cForgiveness and Law\u201d, New York, 1874, p. 147, notas 5 y 6). Tambi\u00e9n es insinuada por Henry Drummond (\u201cNatural Law in the Spiritual World\u201d, Londres, 1884), cuando supone que el alma perdida no solo pierde la salvaci\u00f3n sino tambi\u00e9n la capacidad para ella y para Dios; de modo que lo que queda ya no es apto para llamarse alma, sino que es un \u00f3rgano encogido, in\u00fatil, listo para desprenderse como una rama podrida.<\/p>\n<p>El te\u00f3logo alsaciano A. Sch\u00e4ffer (\u201cWas ist Gl\u00fcck?\u201d, Gotha, 1891, pp. 290-294) habla de manera similar del alma imp\u00eda perdiendo la luz del cielo, la chispa divina que le daba su valor, y la personalidad humana quedando as\u00ed obliterada. \u201cLas fuerzas de las cuales surge se deshacen y se vuelven al final nuevamente impersonales. No desaparecen, sino que se transforman\u201d. Se ve la concepci\u00f3n aqu\u00ed expuesta en su nivel m\u00e1s alto en una visi\u00f3n como la presentada por el profesor O. A. Curtis (\u201cThe Christian Faith\u201d, New York, 1905, p. 467), que piensa en los perdidos no, por supuesto, como \u201caplastados en mera cosa\u201d, sino como hundidos en una condici\u00f3n \u201cpor debajo de la posibilidad de cualquier acci\u00f3n moral, o inter\u00e9s moral\u2026 como personas en esta vida cuando la personalidad est\u00e1 completamente abrumada por el bajo sentido de lo que llamamos miedo f\u00edsico\u201d. No hay aniquilaci\u00f3n en la visi\u00f3n del profesor Curtis; ni siquiera alivio para los perdidos del sufrimiento; pero quiz\u00e1 puede considerarse como marcando el punto donde las teor\u00edas del aniquilacionismo alcanzan y finalmente se funden con la doctrina del castigo eterno.<\/p>\n<p><strong>Bibliograf\u00eda<\/strong><\/p>\n<p>Una bibliograf\u00eda exhaustiva del tema hasta 1862 se ofrece en el Ap\u00e9ndice de Ezra Abbot a la obra de W. R. Alger, \u201cCritical History of the Doctrine of a Future Life\u201d, publicada tambi\u00e9n por separado, New York, 1871; cons\u00faltese tambi\u00e9n W. Reid, \u201cEverlasting Punishment and Modern Speculation\u201d, Edimburgo, 1874, pp. 311-313. Obras especiales sobre el aniquilacionismo son: J. C. Killam, \u201cAnnihilationism Examined\u201d, Syracuse, 1859; I. P. Warren, \u201cThe Wicked not Annihilated\u201d, New York, 1867; N. D. George, \u201cAnnihilationism not of the Bible\u201d, Boston, 1870; J. B. Brown, \u201cThe Doctrine of Annihilation in the Light of the Gospel of Love\u201d, Londres, 1875; S. C. Bartlett, \u201cLife and Death Eternal: A Refutation of the Theory of Annihilation\u201d, Boston, 1878.<\/p>\n<p>El tema es tratado en S. D. F. Salmond, \u201cThe Christian Doctrine of Immortality\u201d, Edimburgo, 1901, pp. 473-499; R. W. Landis, \u201cThe Immortality of the Soul\u201d, New York, 1868, pp. 422 ss.; A. Hovey, \u201cThe State of the Impenitent Dead\u201d, Boston, 1859, pp. 93 ss.; C. M. Mead, \u201cThe Soul Here and Hereafter\u201d, Boston, 1879; G. Godet, en Chr\u00e9tien \u00e9vang\u00e9lique, 1881-1882; F. Godet, en Revue th\u00e9ologique, 1886; J. Fyfe, \u201cThe Hereafter\u201d, Edimburgo, 1890; R. Falke, \u201cDie Lehre von der ewigen Verdammnis\u201d, Eisenach, 1892, pp. 25-38.<\/p>\n<p>Sobre la inmortalidad condicional, cons\u00faltese W. R. Huntington, \u201cConditional Immortality\u201d, New York, 1878; J. H. Pettingell, \u201cThe Theological Tri-lemma\u201d, New York, 1878; idem, \u201cThe Life Everlasting: What is it? Whence is it? Whose is it? A Symposium\u201d, Filadelfia, 1882; E. White, \u201cLife and Death: A Reply to J. B. Brown\u2019s Lectures on Conditional Immortality\u201d, Londres, 1877; idem, \u201cLife in Christ: A Study of the Scripture Doctrine on\u2026 the Conditions of Human Immortality\u201d, Londres, 1878. Se pueden encontrar discusiones adicionales en las secciones apropiadas de la mayor\u00eda de las obras de teolog\u00eda sistem\u00e1tica y tambi\u00e9n en obras sobre escatolog\u00eda y castigo futuro. V\u00e9ase, adem\u00e1s de las obras mencionadas en el texto, la literatura bajo \u201cImmortality\u201d.<\/p>\t\t\t\t\t\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t<\/div>\n\t\t","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>V. Mezcla de Teor\u00edas Debe tenerse en cuenta que los adeptos de estas dos clases de teor\u00edas no son muy cuidadosos en mantenerse estrictamente dentro de los l\u00edmites l\u00f3gicos de una de las clases. Por conveniente que sea abordar su estudio con una esquematizaci\u00f3n definida en mano, no siempre es f\u00e1cil asignar con certeza a los escritores individuales a una u otra de ellas. Por lo tanto, se ha vuelto usual hablar de todos ellos como aniquilacionistas o de todos ellos como condicionalistas; aniquilacionistas porque todos coinciden en que las almas de los imp\u00edos dejan de existir; condicionalistas porque todos coinciden en que, por lo tanto, la persistencia en la vida est\u00e1 condicionada a una relaci\u00f3n correcta con Dios. Quiz\u00e1 la mayor\u00eda de quienes se llaman a s\u00ed mismos condicionalistas admiten que la mortalidad del alma, que es el postulado principal de la teor\u00eda condicionalista, est\u00e1 de una u otra forma conectada con el pecado; que las almas de los imp\u00edos persisten en existencia despu\u00e9s de la muerte e incluso despu\u00e9s del juicio, para recibir el castigo debido a su pecado; y que este castigo, sea concebido como infligido desde fuera o como la simple consecuencia del pecado, tiene mucho que ver con su extinci\u00f3n. Cuando se sostiene as\u00ed, el condicionalismo ciertamente queda a poca distancia del aniquilacionismo propiamente dicho. VI. Historia Temprana de las Teor\u00edas Aniquilacionistas Ha surgido cierta confusi\u00f3n, al rastrear la historia de las teor\u00edas aniquilacionistas, por confundirlas con declaraciones de los primeros Padres de la Iglesia sobre la doctrina cristiana esencial de que el alma no es autoexistente, sino que debe, as\u00ed como su existencia, tambi\u00e9n su permanencia en el ser, a la voluntad de Dios. La aparici\u00f3n m\u00e1s temprana de una teor\u00eda genuinamente aniquilacionista en la literatura cristiana existente se encuentra aparentemente en el apologista africano Arnobio, a comienzos del siglo IV (cf. Salmond, \u201cThe Christian Doctrine of Immortality\u201d, Edimburgo, 1901, pp. 473-474; Falke, \u201cDie Lehre von der ewigen Verdammnis\u201d, Eisenach, 1892, pp. 27-28). Le parec\u00eda imposible que seres como los hombres pudieran ya sea deber su ser directamente a Dios o persistir en el ser sin un don especial de Dios; los injustos, por tanto, deben ser gradualmente consumidos en los fuegos de Gehenna. Una idea algo similar fue anunciada por los socinianos en el siglo XVI (O. Fock, \u201cDer Socinianismus\u201d, Kiel, 1847, pp. 714 ss.). En el lado positivo, Fausto Socino mismo pensaba que el hombre es mortal por naturaleza y alcanza la inmortalidad solo por gracia. En el lado negativo, sus seguidores (Crell, Schwaltz y especialmente Ernst Sohner) ense\u00f1aban expl\u00edcitamente que la segunda muerte consiste en aniquilaci\u00f3n, la cual tiene lugar, sin embargo, solo despu\u00e9s de la resurrecci\u00f3n general, en el juicio final. Desde los socinianos, esta visi\u00f3n general pas\u00f3 a Inglaterra donde fue adoptada, no solo, como podr\u00eda haberse anticipado, por hombres como Locke (\u201cReasonableness of Christianity\u201d, \u00a71), Hobbes (\u201cLeviathan\u201d) y Whiston, sino tambi\u00e9n por cl\u00e9rigos como Hammond y Warburton, y fue al menos jugueteada por l\u00edderes no conformistas como Isaac Watts. El ejemplo m\u00e1s notable de su utilizaci\u00f3n en esta \u00e9poca, sin embargo, es suministrado por el no-juramentado Henry Dodwell (1706). Insistiendo en que el \u201calma es un principio naturalmente mortal\u201d, Dodwell se neg\u00f3 a permitir el beneficio de esta mortalidad a cualquiera excepto a quienes vivieron y murieron fuera de los l\u00edmites de la proclamaci\u00f3n del evangelio; ning\u00fan \u201cadulto que viva donde el cristianismo es profesado, y los motivos de su credibilidad son suficientemente propuestos, puede esperar el beneficio de la mortalidad real\u201d. Aquellos que viven en tierras cristianas son, por lo tanto, todos inmortalizados, pero en dos clases: algunos \u201cpor el placer de Dios para castigo\u201d, algunos \u201cpara recompensa por su uni\u00f3n con el divino Esp\u00edritu bautismal\u201d. Formaba parte de su afirmaci\u00f3n que \u201cnadie tiene el poder de dar este Esp\u00edritu divino inmortalizante desde los ap\u00f3stoles excepto los obispos \u00fanicamente\u201d, de modo que su libro fue m\u00e1s bien un ataque contra los antiprelatistas que una defensa del aniquilacionismo; y fue respondido como tal por Samuel Clarke (1706), Richard Baxter (1707) y Daniel Whitby (1707). Durante el siglo XVIII la teor\u00eda fue tambi\u00e9n sostenida en el continente europeo (por ejemplo, E. J. K. Walter, \u201cPr\u00fcfung wichtiger Lehren theologischen und philosophischen Inhalts\u201d, Berl\u00edn, 1782), y casi encontr\u00f3 un m\u00e1rtir en el pastor de Neuch\u00e2tel, Ferdinand Olivier Petitpierre, com\u00fanmente llamado por el apodo de \u201cNo Eternity\u201d (cf. C. Berthoud, \u201cLes quatre Petitpierres\u201d, Neuch\u00e2tel, 1875). En la primera mitad del siglo XIX tambi\u00e9n encontr\u00f3 adherentes espor\u00e1dicos, como por ejemplo, C. H. Weisse en Alemania (Theologische Studien und Kritiken, ix. 1836, pp. 271-340) y H. H. Dobney en Inglaterra (\u201cNotes of Lectures on Future Punishment\u201d, Londres, 1844; nueva edici\u00f3n, \u201cOn the Scripture Doctrine of Future Punishment\u201d, 1846). VII. Teor\u00edas del Siglo XIX La verdadera extensi\u00f3n de la teor\u00eda pertenece, sin embargo, solo a la segunda mitad del siglo XIX. Durante este per\u00edodo alcanz\u00f3, principalmente gracias a la h\u00e1bil defensa de C. F. Hudson y E. White, algo parecido a una popularidad en los pa\u00edses de habla inglesa. En los pa\u00edses de habla francesa, aunque nunca lleg\u00f3 a ser realmente popular, ha atra\u00eddo la atenci\u00f3n de un c\u00edrculo influyente de te\u00f3logos y fil\u00f3sofos (como J. Rognon, \u201cL\u2019Immortalit\u00e9 native et l\u2019enseignement biblique\u201d, Montauban, 1894, p. 7; pero cf. A. Gretillat, \u201cExpos\u00e9 de th\u00e9ologie syst\u00e9matique\u201d, Par\u00eds, iv. 1890, p. 602). En Alemania, por otro lado, ha encontrado menos aceptaci\u00f3n, aunque es precisamente all\u00ed donde ha sido m\u00e1s cient\u00edficamente desarrollada y ha recibido la adhesi\u00f3n de los nombres m\u00e1s destacados. Antes de la apertura de esta mitad de siglo, de hecho, hab\u00eda obtenido el gran apoyo de la defensa de Richard Rothe (\u201cTheologische Ethik\u201d, 3 vols., Wittenberg, 1845-1848; 2\u00aa ed., 5 vols., 1867-1871, \u00a7\u00a7470-472; \u201cDogmatik\u201d, Heidelberg, II. ii. 1870, \u00a7\u00a747-48, especialmente p. 158), y desde entonces no ha dejado de encontrar adeptos de nota, quienes basan su aceptaci\u00f3n a veces en fundamentos generales, pero crecientemente en la opini\u00f3n de que las Escrituras no ense\u00f1an una doctrina de la inmortalidad del alma, sino una reanimaci\u00f3n por resurrecci\u00f3n<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-9076","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-varios"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.5 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>Aniquilacionismo (parte 2) - Academia Pastoral de North Bergen<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/academiapastoralnb.org\/es\/aniquilacionismo-parte-2\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"Aniquilacionismo (parte 2) - Academia Pastoral de North Bergen\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"V. 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Mezcla de Teor\u00edas Debe tenerse en cuenta que los adeptos de estas dos clases de teor\u00edas no son muy cuidadosos en mantenerse estrictamente dentro de los l\u00edmites l\u00f3gicos de una de las clases. Por conveniente que sea abordar su estudio con una esquematizaci\u00f3n definida en mano, no siempre es f\u00e1cil asignar con certeza a los escritores individuales a una u otra de ellas. Por lo tanto, se ha vuelto usual hablar de todos ellos como aniquilacionistas o de todos ellos como condicionalistas; aniquilacionistas porque todos coinciden en que las almas de los imp\u00edos dejan de existir; condicionalistas porque todos coinciden en que, por lo tanto, la persistencia en la vida est\u00e1 condicionada a una relaci\u00f3n correcta con Dios. Quiz\u00e1 la mayor\u00eda de quienes se llaman a s\u00ed mismos condicionalistas admiten que la mortalidad del alma, que es el postulado principal de la teor\u00eda condicionalista, est\u00e1 de una u otra forma conectada con el pecado; que las almas de los imp\u00edos persisten en existencia despu\u00e9s de la muerte e incluso despu\u00e9s del juicio, para recibir el castigo debido a su pecado; y que este castigo, sea concebido como infligido desde fuera o como la simple consecuencia del pecado, tiene mucho que ver con su extinci\u00f3n. Cuando se sostiene as\u00ed, el condicionalismo ciertamente queda a poca distancia del aniquilacionismo propiamente dicho. VI. Historia Temprana de las Teor\u00edas Aniquilacionistas Ha surgido cierta confusi\u00f3n, al rastrear la historia de las teor\u00edas aniquilacionistas, por confundirlas con declaraciones de los primeros Padres de la Iglesia sobre la doctrina cristiana esencial de que el alma no es autoexistente, sino que debe, as\u00ed como su existencia, tambi\u00e9n su permanencia en el ser, a la voluntad de Dios. La aparici\u00f3n m\u00e1s temprana de una teor\u00eda genuinamente aniquilacionista en la literatura cristiana existente se encuentra aparentemente en el apologista africano Arnobio, a comienzos del siglo IV (cf. Salmond, \u201cThe Christian Doctrine of Immortality\u201d, Edimburgo, 1901, pp. 473-474; Falke, \u201cDie Lehre von der ewigen Verdammnis\u201d, Eisenach, 1892, pp. 27-28). Le parec\u00eda imposible que seres como los hombres pudieran ya sea deber su ser directamente a Dios o persistir en el ser sin un don especial de Dios; los injustos, por tanto, deben ser gradualmente consumidos en los fuegos de Gehenna. Una idea algo similar fue anunciada por los socinianos en el siglo XVI (O. Fock, \u201cDer Socinianismus\u201d, Kiel, 1847, pp. 714 ss.). En el lado positivo, Fausto Socino mismo pensaba que el hombre es mortal por naturaleza y alcanza la inmortalidad solo por gracia. En el lado negativo, sus seguidores (Crell, Schwaltz y especialmente Ernst Sohner) ense\u00f1aban expl\u00edcitamente que la segunda muerte consiste en aniquilaci\u00f3n, la cual tiene lugar, sin embargo, solo despu\u00e9s de la resurrecci\u00f3n general, en el juicio final. Desde los socinianos, esta visi\u00f3n general pas\u00f3 a Inglaterra donde fue adoptada, no solo, como podr\u00eda haberse anticipado, por hombres como Locke (\u201cReasonableness of Christianity\u201d, \u00a71), Hobbes (\u201cLeviathan\u201d) y Whiston, sino tambi\u00e9n por cl\u00e9rigos como Hammond y Warburton, y fue al menos jugueteada por l\u00edderes no conformistas como Isaac Watts. El ejemplo m\u00e1s notable de su utilizaci\u00f3n en esta \u00e9poca, sin embargo, es suministrado por el no-juramentado Henry Dodwell (1706). Insistiendo en que el \u201calma es un principio naturalmente mortal\u201d, Dodwell se neg\u00f3 a permitir el beneficio de esta mortalidad a cualquiera excepto a quienes vivieron y murieron fuera de los l\u00edmites de la proclamaci\u00f3n del evangelio; ning\u00fan \u201cadulto que viva donde el cristianismo es profesado, y los motivos de su credibilidad son suficientemente propuestos, puede esperar el beneficio de la mortalidad real\u201d. Aquellos que viven en tierras cristianas son, por lo tanto, todos inmortalizados, pero en dos clases: algunos \u201cpor el placer de Dios para castigo\u201d, algunos \u201cpara recompensa por su uni\u00f3n con el divino Esp\u00edritu bautismal\u201d. Formaba parte de su afirmaci\u00f3n que \u201cnadie tiene el poder de dar este Esp\u00edritu divino inmortalizante desde los ap\u00f3stoles excepto los obispos \u00fanicamente\u201d, de modo que su libro fue m\u00e1s bien un ataque contra los antiprelatistas que una defensa del aniquilacionismo; y fue respondido como tal por Samuel Clarke (1706), Richard Baxter (1707) y Daniel Whitby (1707). Durante el siglo XVIII la teor\u00eda fue tambi\u00e9n sostenida en el continente europeo (por ejemplo, E. J. K. Walter, \u201cPr\u00fcfung wichtiger Lehren theologischen und philosophischen Inhalts\u201d, Berl\u00edn, 1782), y casi encontr\u00f3 un m\u00e1rtir en el pastor de Neuch\u00e2tel, Ferdinand Olivier Petitpierre, com\u00fanmente llamado por el apodo de \u201cNo Eternity\u201d (cf. C. Berthoud, \u201cLes quatre Petitpierres\u201d, Neuch\u00e2tel, 1875). En la primera mitad del siglo XIX tambi\u00e9n encontr\u00f3 adherentes espor\u00e1dicos, como por ejemplo, C. H. Weisse en Alemania (Theologische Studien und Kritiken, ix. 1836, pp. 271-340) y H. H. Dobney en Inglaterra (\u201cNotes of Lectures on Future Punishment\u201d, Londres, 1844; nueva edici\u00f3n, \u201cOn the Scripture Doctrine of Future Punishment\u201d, 1846). VII. Teor\u00edas del Siglo XIX La verdadera extensi\u00f3n de la teor\u00eda pertenece, sin embargo, solo a la segunda mitad del siglo XIX. Durante este per\u00edodo alcanz\u00f3, principalmente gracias a la h\u00e1bil defensa de C. F. Hudson y E. White, algo parecido a una popularidad en los pa\u00edses de habla inglesa. En los pa\u00edses de habla francesa, aunque nunca lleg\u00f3 a ser realmente popular, ha atra\u00eddo la atenci\u00f3n de un c\u00edrculo influyente de te\u00f3logos y fil\u00f3sofos (como J. Rognon, \u201cL\u2019Immortalit\u00e9 native et l\u2019enseignement biblique\u201d, Montauban, 1894, p. 7; pero cf. A. Gretillat, \u201cExpos\u00e9 de th\u00e9ologie syst\u00e9matique\u201d, Par\u00eds, iv. 1890, p. 602). En Alemania, por otro lado, ha encontrado menos aceptaci\u00f3n, aunque es precisamente all\u00ed donde ha sido m\u00e1s cient\u00edficamente desarrollada y ha recibido la adhesi\u00f3n de los nombres m\u00e1s destacados. Antes de la apertura de esta mitad de siglo, de hecho, hab\u00eda obtenido el gran apoyo de la defensa de Richard Rothe (\u201cTheologische Ethik\u201d, 3 vols., Wittenberg, 1845-1848; 2\u00aa ed., 5 vols., 1867-1871, \u00a7\u00a7470-472; \u201cDogmatik\u201d, Heidelberg, II. ii. 1870, \u00a7\u00a747-48, especialmente p. 158), y desde entonces no ha dejado de encontrar adeptos de nota, quienes basan su aceptaci\u00f3n a veces en fundamentos generales, pero crecientemente en la opini\u00f3n de que las Escrituras no ense\u00f1an una doctrina de la inmortalidad del alma, sino una reanimaci\u00f3n por resurrecci\u00f3n","og_url":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/es\/aniquilacionismo-parte-2\/","og_site_name":"Academia Pastoral de North Bergen","article_published_time":"2025-12-11T18:24:15+00:00","article_modified_time":"2025-12-12T03:31:23+00:00","og_image":[{"url":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/wp-content\/uploads\/2025\/12\/bbwardfield4k-265x300.jpg","type":"","width":"","height":""}],"author":"pcweb","twitter_card":"summary_large_image","twitter_misc":{"Escrito por":"pcweb","Tiempo de lectura":"12 minutos"},"schema":{"@context":"https:\/\/schema.org","@graph":[{"@type":"Article","@id":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/aniquilacionismo-parte-2\/#article","isPartOf":{"@id":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/aniquilacionismo-parte-2\/"},"author":{"name":"pcweb","@id":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/#\/schema\/person\/1fa08d1a2356bce7d1b7b282b76630f2"},"headline":"Aniquilacionismo (parte 2)","datePublished":"2025-12-11T18:24:15+00:00","dateModified":"2025-12-12T03:31:23+00:00","mainEntityOfPage":{"@id":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/aniquilacionismo-parte-2\/"},"wordCount":2553,"image":{"@id":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/aniquilacionismo-parte-2\/#primaryimage"},"thumbnailUrl":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/wp-content\/uploads\/2025\/12\/bbwardfield4k-265x300.jpg","articleSection":["Varios"],"inLanguage":"es"},{"@type":"WebPage","@id":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/aniquilacionismo-parte-2\/","url":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/aniquilacionismo-parte-2\/","name":"Aniquilacionismo (parte 2) - 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