{"version":"1.0","provider_name":"Academia Pastoral de North Bergen","provider_url":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/es","title":"Aniquilacionismo (parte 2) - Academia Pastoral de North Bergen","type":"rich","width":600,"height":338,"html":"<blockquote class=\"wp-embedded-content\" data-secret=\"T6c1IsaASP\"><a href=\"https:\/\/academiapastoralnb.org\/es\/aniquilacionismo-parte-2\/\">Aniquilacionismo (parte 2)<\/a><\/blockquote><iframe sandbox=\"allow-scripts\" security=\"restricted\" src=\"https:\/\/academiapastoralnb.org\/es\/aniquilacionismo-parte-2\/embed\/#?secret=T6c1IsaASP\" width=\"600\" height=\"338\" title=\"\u00abAniquilacionismo (parte 2)\u00bb \u2014 Academia Pastoral de North Bergen\" data-secret=\"T6c1IsaASP\" frameborder=\"0\" marginwidth=\"0\" marginheight=\"0\" scrolling=\"no\" class=\"wp-embedded-content\"><\/iframe><script type=\"text\/javascript\">\n\/* <![CDATA[ *\/\n\/*! This file is auto-generated *\/\n!function(d,l){\"use strict\";l.querySelector&&d.addEventListener&&\"undefined\"!=typeof URL&&(d.wp=d.wp||{},d.wp.receiveEmbedMessage||(d.wp.receiveEmbedMessage=function(e){var t=e.data;if((t||t.secret||t.message||t.value)&&!\/[^a-zA-Z0-9]\/.test(t.secret)){for(var s,r,n,a=l.querySelectorAll('iframe[data-secret=\"'+t.secret+'\"]'),o=l.querySelectorAll('blockquote[data-secret=\"'+t.secret+'\"]'),c=new RegExp(\"^https?:$\",\"i\"),i=0;i<o.length;i++)o[i].style.display=\"none\";for(i=0;i<a.length;i++)s=a[i],e.source===s.contentWindow&&(s.removeAttribute(\"style\"),\"height\"===t.message?(1e3<(r=parseInt(t.value,10))?r=1e3:~~r<200&&(r=200),s.height=r):\"link\"===t.message&&(r=new URL(s.getAttribute(\"src\")),n=new URL(t.value),c.test(n.protocol))&&n.host===r.host&&l.activeElement===s&&(d.top.location.href=t.value))}},d.addEventListener(\"message\",d.wp.receiveEmbedMessage,!1),l.addEventListener(\"DOMContentLoaded\",function(){for(var e,t,s=l.querySelectorAll(\"iframe.wp-embedded-content\"),r=0;r<s.length;r++)(t=(e=s[r]).getAttribute(\"data-secret\"))||(t=Math.random().toString(36).substring(2,12),e.src+=\"#?secret=\"+t,e.setAttribute(\"data-secret\",t)),e.contentWindow.postMessage({message:\"ready\",secret:t},\"*\")},!1)))}(window,document);\n\/\/# sourceURL=https:\/\/academiapastoralnb.org\/wp-includes\/js\/wp-embed.min.js\n\/* ]]> *\/\n<\/script>\n","description":"V. Mezcla de Teor\u00edas Debe tenerse en cuenta que los adeptos de estas dos clases de teor\u00edas no son muy cuidadosos en mantenerse estrictamente dentro de los l\u00edmites l\u00f3gicos de una de las clases. Por conveniente que sea abordar su estudio con una esquematizaci\u00f3n definida en mano, no siempre es f\u00e1cil asignar con certeza a los escritores individuales a una u otra de ellas. Por lo tanto, se ha vuelto usual hablar de todos ellos como aniquilacionistas o de todos ellos como condicionalistas; aniquilacionistas porque todos coinciden en que las almas de los imp\u00edos dejan de existir; condicionalistas porque todos coinciden en que, por lo tanto, la persistencia en la vida est\u00e1 condicionada a una relaci\u00f3n correcta con Dios. Quiz\u00e1 la mayor\u00eda de quienes se llaman a s\u00ed mismos condicionalistas admiten que la mortalidad del alma, que es el postulado principal de la teor\u00eda condicionalista, est\u00e1 de una u otra forma conectada con el pecado; que las almas de los imp\u00edos persisten en existencia despu\u00e9s de la muerte e incluso despu\u00e9s del juicio, para recibir el castigo debido a su pecado; y que este castigo, sea concebido como infligido desde fuera o como la simple consecuencia del pecado, tiene mucho que ver con su extinci\u00f3n. Cuando se sostiene as\u00ed, el condicionalismo ciertamente queda a poca distancia del aniquilacionismo propiamente dicho. VI. Historia Temprana de las Teor\u00edas Aniquilacionistas Ha surgido cierta confusi\u00f3n, al rastrear la historia de las teor\u00edas aniquilacionistas, por confundirlas con declaraciones de los primeros Padres de la Iglesia sobre la doctrina cristiana esencial de que el alma no es autoexistente, sino que debe, as\u00ed como su existencia, tambi\u00e9n su permanencia en el ser, a la voluntad de Dios. La aparici\u00f3n m\u00e1s temprana de una teor\u00eda genuinamente aniquilacionista en la literatura cristiana existente se encuentra aparentemente en el apologista africano Arnobio, a comienzos del siglo IV (cf. Salmond, \u201cThe Christian Doctrine of Immortality\u201d, Edimburgo, 1901, pp. 473-474; Falke, \u201cDie Lehre von der ewigen Verdammnis\u201d, Eisenach, 1892, pp. 27-28). Le parec\u00eda imposible que seres como los hombres pudieran ya sea deber su ser directamente a Dios o persistir en el ser sin un don especial de Dios; los injustos, por tanto, deben ser gradualmente consumidos en los fuegos de Gehenna. Una idea algo similar fue anunciada por los socinianos en el siglo XVI (O. Fock, \u201cDer Socinianismus\u201d, Kiel, 1847, pp. 714 ss.). En el lado positivo, Fausto Socino mismo pensaba que el hombre es mortal por naturaleza y alcanza la inmortalidad solo por gracia. En el lado negativo, sus seguidores (Crell, Schwaltz y especialmente Ernst Sohner) ense\u00f1aban expl\u00edcitamente que la segunda muerte consiste en aniquilaci\u00f3n, la cual tiene lugar, sin embargo, solo despu\u00e9s de la resurrecci\u00f3n general, en el juicio final. Desde los socinianos, esta visi\u00f3n general pas\u00f3 a Inglaterra donde fue adoptada, no solo, como podr\u00eda haberse anticipado, por hombres como Locke (\u201cReasonableness of Christianity\u201d, \u00a71), Hobbes (\u201cLeviathan\u201d) y Whiston, sino tambi\u00e9n por cl\u00e9rigos como Hammond y Warburton, y fue al menos jugueteada por l\u00edderes no conformistas como Isaac Watts. El ejemplo m\u00e1s notable de su utilizaci\u00f3n en esta \u00e9poca, sin embargo, es suministrado por el no-juramentado Henry Dodwell (1706). Insistiendo en que el \u201calma es un principio naturalmente mortal\u201d, Dodwell se neg\u00f3 a permitir el beneficio de esta mortalidad a cualquiera excepto a quienes vivieron y murieron fuera de los l\u00edmites de la proclamaci\u00f3n del evangelio; ning\u00fan \u201cadulto que viva donde el cristianismo es profesado, y los motivos de su credibilidad son suficientemente propuestos, puede esperar el beneficio de la mortalidad real\u201d. Aquellos que viven en tierras cristianas son, por lo tanto, todos inmortalizados, pero en dos clases: algunos \u201cpor el placer de Dios para castigo\u201d, algunos \u201cpara recompensa por su uni\u00f3n con el divino Esp\u00edritu bautismal\u201d. Formaba parte de su afirmaci\u00f3n que \u201cnadie tiene el poder de dar este Esp\u00edritu divino inmortalizante desde los ap\u00f3stoles excepto los obispos \u00fanicamente\u201d, de modo que su libro fue m\u00e1s bien un ataque contra los antiprelatistas que una defensa del aniquilacionismo; y fue respondido como tal por Samuel Clarke (1706), Richard Baxter (1707) y Daniel Whitby (1707). Durante el siglo XVIII la teor\u00eda fue tambi\u00e9n sostenida en el continente europeo (por ejemplo, E. J. K. Walter, \u201cPr\u00fcfung wichtiger Lehren theologischen und philosophischen Inhalts\u201d, Berl\u00edn, 1782), y casi encontr\u00f3 un m\u00e1rtir en el pastor de Neuch\u00e2tel, Ferdinand Olivier Petitpierre, com\u00fanmente llamado por el apodo de \u201cNo Eternity\u201d (cf. C. Berthoud, \u201cLes quatre Petitpierres\u201d, Neuch\u00e2tel, 1875). En la primera mitad del siglo XIX tambi\u00e9n encontr\u00f3 adherentes espor\u00e1dicos, como por ejemplo, C. H. Weisse en Alemania (Theologische Studien und Kritiken, ix. 1836, pp. 271-340) y H. H. Dobney en Inglaterra (\u201cNotes of Lectures on Future Punishment\u201d, Londres, 1844; nueva edici\u00f3n, \u201cOn the Scripture Doctrine of Future Punishment\u201d, 1846). VII. Teor\u00edas del Siglo XIX La verdadera extensi\u00f3n de la teor\u00eda pertenece, sin embargo, solo a la segunda mitad del siglo XIX. Durante este per\u00edodo alcanz\u00f3, principalmente gracias a la h\u00e1bil defensa de C. F. Hudson y E. White, algo parecido a una popularidad en los pa\u00edses de habla inglesa. En los pa\u00edses de habla francesa, aunque nunca lleg\u00f3 a ser realmente popular, ha atra\u00eddo la atenci\u00f3n de un c\u00edrculo influyente de te\u00f3logos y fil\u00f3sofos (como J. Rognon, \u201cL\u2019Immortalit\u00e9 native et l\u2019enseignement biblique\u201d, Montauban, 1894, p. 7; pero cf. A. Gretillat, \u201cExpos\u00e9 de th\u00e9ologie syst\u00e9matique\u201d, Par\u00eds, iv. 1890, p. 602). En Alemania, por otro lado, ha encontrado menos aceptaci\u00f3n, aunque es precisamente all\u00ed donde ha sido m\u00e1s cient\u00edficamente desarrollada y ha recibido la adhesi\u00f3n de los nombres m\u00e1s destacados. Antes de la apertura de esta mitad de siglo, de hecho, hab\u00eda obtenido el gran apoyo de la defensa de Richard Rothe (\u201cTheologische Ethik\u201d, 3 vols., Wittenberg, 1845-1848; 2\u00aa ed., 5 vols., 1867-1871, \u00a7\u00a7470-472; \u201cDogmatik\u201d, Heidelberg, II. ii. 1870, \u00a7\u00a747-48, especialmente p. 158), y desde entonces no ha dejado de encontrar adeptos de nota, quienes basan su aceptaci\u00f3n a veces en fundamentos generales, pero crecientemente en la opini\u00f3n de que las Escrituras no ense\u00f1an una doctrina de la inmortalidad del alma, sino una reanimaci\u00f3n por resurrecci\u00f3n","thumbnail_url":"https:\/\/academiapastoralnb.org\/wp-content\/uploads\/2025\/12\/bbwardfield4k-265x300.jpg"}