Cuando hablamos de la Reforma, generalmente pensamos en la poderosa obra que Dios llevó a cabo en la Europa del siglo XVI. Durante ese período, Él levantó a hombres piadosos a quienes usó para hacer que un gran sector de la iglesia profesante volviera a sus raíces, doctrinas y prácticas bíblicas. Se proclamó nuevamente el Evangelio puro.
Sin embargo, nunca debemos olvidar que la necesidad de reforma no se limita a una época histórica específica. El pueblo de Dios debe participar continuamente en la reforma bíblica, hasta que Cristo regrese por Su iglesia.
Reformata, reformanda (literalmente, reformada, reformándose) es la forma más breve de la frase en latín que se utiliza a menudo para representar esta verdad bíblica. Una versión más larga es ecclesia reformata, semper reformanda (literalmente, iglesia reformada, siempre reformándose).
¿Qué significa esto? Si reformar significa remodelar algo, entonces reformar las creencias y la conducta es remodelarlas, cambiarlas de alguna manera.
¿Significa siempre reformándose que la iglesia debe remodelar o cambiar continuamente sus creencias, mandamientos, valores y prácticas para mantenerse al día y ser popular entre las culturas cambiantes?
Ya sea en su versión más corta o en la más larga, la única forma en que esta frase en latín puede entenderse y utilizarse bíblicamente es añadiendo estas palabras también en latín: secundum Verbum Dei (literalmente, según la Palabra de Dios).
La iglesia está formada por el pueblo de Dios, que tiende a desviarse de Su Palabra. A medida que las creencias, los mandamientos, los valores y las prácticas de la iglesia pierden su «forma» bíblica, deben volver a la forma establecida en la Palabra de Dios. Necesitan una reforma bíblica.
El Salmo 119:59-60 nos ofrece una clásica ilustración de la reforma bíblica.
Consideré mis caminos,
Y volví mis pies a tus testimonios.
Me apresuré y no me retardé
En guardar tus mandamientos.
Cuando el salmista consideró que ciertas áreas de su vida no eran coherentes con la Palabra de Dios (Su Ley, Sus testimonios, Sus mandamientos), apartó sus pasos de sus propios caminos, sus propios deseos, sus propios pensamientos y se volvió al camino señalado por la Palabra de Dios. Dejó de hacer lo que la Palabra de Dios prohíbe, para hacer lo que esa misma Palabra ordena. Reformó o reestructuró su conducta, cambiando el patrón de su vida para ajustarse al patrón de vida revelado en la Palabra inmutable de Dios.
Más adelante en ese mismo salmo (versículo 89), el salmista dice:
Para siempre, oh Jehová,
Permanece tu palabra en los cielos
Los reformadores del siglo XVI no intentaban adaptar la iglesia a la cultura de su generación. Buscaban cambiar las creencias y prácticas de las iglesias de su generación para que se ajustaran a la Palabra inmutable de Dios, en la medida en que eran capaces de estudiarla y comprenderla.
En cada generación, la iglesia debe seguir examinando sus creencias, enseñanzas y prácticas, para asegurarse de que se ajustan a lo que enseña la Biblia. De lo contrario, se deben cambiar las creencias y prácticas de la iglesia, cuando sea necesario, para ajustarse a las enseñanzas y mandamientos bíblicos.
Del mismo modo, los cristianos, de manera individual, deben revisar continuamente sus propias creencias y conducta y, cuando sea necesario, cambiarlas para ajustarse al modelo bíblico. De esto se trata la reforma bíblica.
La reforma bíblica comienza en el corazón.
La reforma bíblica no tiene como objetivo una práctica meramente formal y externa de los mandamientos o ceremonias bíblicas. El profeta Isaías del Antiguo Testamento condenó ese formalismo (Isaías 29:13) y Cristo reforzó la condena de Isaías, como leemos en Mateo 15:8-9:
Este pueblo de labios me honra;
Mas su corazón está lejos de mí.
Pues en vano me honran,
Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres
En 2 Timoteo 3:5, el apóstol Pablo emite una condena similar:
… que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a estos evita
La reforma no es lo mismo que la regeneración; pero la regeneración es necesaria para una verdadera reforma bíblica. Los seres humanos, que nacen espiritualmente muertos en cuanto a su relación con Dios, muertos en sus pecados, deben recibir vida espiritual para poder obedecer la Palabra de Dios desde el corazón.
En Ezequiel 36:26-27, Dios declara a Su pueblo:
Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.
La verdadera reforma bíblica está motivada por el deseo de glorificar a Dios (Romanos 11:36), unido al amor por Aquel que se entregó a Sí mismo para salvar a Su pueblo de sus pecados (2 Corintios 5:14-15).
Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.
…Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.
Tal reforma sólo puede surgir como fruto del verdadero arrepentimiento evangélico, que implica confiar solamente en Cristo para la salvación del pecado.
Por muy importantes que sean las doctrinas bíblicas conocidas como los pilares de la Reforma, una defensa enérgica y convincente de esas doctrinas no constituye una reforma bíblica.
La verdadera reforma bíblica, fruto de la regeneración, comienza en el corazón, con un deseo puro y sincero de adorar a Dios y servirle. Transforma nuestros pensamientos y actitudes, y a partir de ahí, nuestro comportamiento.
Nos llama a mortificar todo lo que debilita la devoción a Cristo y el celo por Su Reino. Nos llama a vivir una vida llena del Espíritu Santo, manifestando el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza o dominio propio (Gálatas 5:22).
Nos llama a cultivar el amor descrito en 1 Corintios 13, que rechaza el egoísmo, la amargura, el resentimiento, la ira, la envidia, la arrogancia y el pensar y hablar mal unos de otros.
La verdadera reforma bíblica nos lleva a cada uno de nosotros a fortalecer nuestra vida espiritual mediante el uso diligente de los medios de la gracia, tales como:
- El estudio cuidadoso y la asimilación devocional de la Palabra de Dios (Salmo 1).
- La oración privada (Mateo 6:5-15)
- La autoevaluación periódica de nuestras vidas a la luz de la Palabra de Dios (Salmo 119:59-60).
- El esfuerzo por mantener una buena conciencia (Hechos 24:16).
- El establecimiento (o la restauración) del culto familiar (Génesis 35:1-7).
- La asistencia fiel a los cultos de adoración de la iglesia (Hebreos 10:23-25).