por John Charles Ryle
INTRODUCCIÓN
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo” (Éxodo 20:8).
Hay un asunto en la actualidad que exige la atención seria de todos los que profesan ser cristianos. Ese asunto es el día de reposo cristiano, o día del Señor.
Este es un asunto que reclama nuestra atención. Las mentes de muchos están agitadas por cuestiones que surgen de esto. “¿Es la observancia de un día de reposo obligatoria para los cristianos? ¿Tenemos derecho a decirle a un hombre que abrir su negocio o buscar su placer en domingo es pecado? ¿Es licito abrir lugares de diversión pública en el día del Señor?” Todas éstas son preguntas que se hacen continuamente. Son preguntas a las que debemos ser capaces de dar una respuesta decidida.
Sobre este asunto abundan “doctrinas diversas y extrañas”. Se están haciendo continuamente declaraciones sobre el domingo, que los lectores sencillos de la Biblia encuentran imposible reconciliar con la Palabra de Dios. Si estas declaraciones procedieran únicamente de la parte irreligiosa e ignorante del mundo, los defensores del día de reposo tendrían razones para no sorprenderse. Pero bien pueden sorprenderse cuando se encuentran personas educadas y religiosas entre sus adversarios. Es una triste verdad que en algunos lugares el día de reposo es socavado por aquellos que debieran ser sus mejores amigos.
El asunto es de una importancia inmensa. No es demasiado decir que la prosperidad o el deterioro del cristianismo organizado depende del mantenimiento del día de reposo cristiano. Derríbese la cerca que ahora rodea el domingo, y nuestras escuelas dominicales llegarán pronto a su fin. Déjese entrar la inundación de mundanalidad y búsqueda de placer en el día del Señor, sin obstáculo o impedimento, y nuestras congregaciones menguarán pronto hasta desaparecer. No hay demasiada religión en la sociedad ahora. Destrúyase la santidad del día de reposo, y pronto habrá mucha menos. Nada, en resumen, creo que haría avanzar tan completamente el reino de Satanás que retirar la protección legal del día del Señor. Sería motivo de regocijo para el incrédulo; pero sería un insulto y una trasgresión contra Dios.
Pido la atención de todos los que profesan ser cristianos mientras trato de decir unas pocas palabras sencillas sobre el asunto del día de reposo. Como ministro de Cristo, padre de familia y amante de mi país, me siento obligado a interceder en nombre del viejo domingo cristiano. Mi declaración se recalca con el propósito de las palabras de la Escritura: “para santificarlo”. Mi consejo a todos los cristianos es contender ardientemente por el día entero contra todos los enemigos, tanto de fuera como de dentro. Merece la pena luchar.
Hay cuatro puntos en relación con el día de reposo que requieren examen. Sobre cada uno de éstos deseo ofrecer unos pocos comentarios.
LA AUTORIDAD DEL DÍA DE REPOSO
Permítaseme, en primer lugar, considerar la autoridad sobre la que descansa el día de reposo.
Considero de importancia capital que este punto quede claramente establecido en nuestras mentes. Aquí tenemos la roca misma sobre la que naufragan muchos de los enemigos del día de reposo. Nos dicen que el día es “una mera ordenanza judía”, y que no estamos más obligados a santificarlo que a ofrecer sacrificios. Proclaman al mundo que la observancia del día del Señor no descansa sino sobre la autoridad de la Iglesia, y que no puede ser probada por la Palabra de Dios.
Ahora bien, creo que los que dicen tales cosas se equivocan enteramente.
Mi firme convicción propia es que la observancia de un día de reposo es parte de la Ley eterna de Dios. No es una mera ordenanza judía por un tiempo. No es una institución sacerdotal hecha por el hombre. No es una imposición no autorizada de la Iglesia. Es una de las reglas eternas que Dios ha revelado para la guía de toda la Humanidad. Es una regla que muchas naciones sin la Biblia han perdido de vista y han sepultado, al igual que otras reglas, bajo los escombros de la superstición y el paganismo. Pero era una regla destinada a comprometer a todos los hijos de Adán.
¿Qué dice la Escritura? Después de todo, este es el punto más importante. Lo que dice la opinión pública, o lo que piensan los periodistas, nada importa. No vamos a estar ante el tribunal del hombre cuando muramos. El que nos juzga es el Señor Dios de la Biblia. ¿Qué dice el Señor?
(a) Me dirijo a la historia de la creación. Allí leo que “bendijo Dios el séptimo día y lo santificó” (Génesis 2:3). Encuentro el día de reposo mencionado en el principio mismo de todas las cosas.
Hay cinco cosas que se dieron al padre de la raza humana el día en que fue formado. Dios le dio una morada, una obra que hacer, un mandato que observar, una ayuda idónea para ser su compañera y un día de reposo que guardar. Soy totalmente incapaz de creer que estuviera en la mente de Dios el que hubiera un tiempo cuando los hijos de Adán no debieran guardar un día de reposo.
(b) Me dirijo a la promulgación de la Ley sobre el monte Sinaí. Allí leo un mandamiento entero entre los diez dedicado al día de reposo, y que es el más largo, el más completo, y el más detallado de todos (Éxodo 20:811). Veo una distinción clara y amplia entre estos Diez Mandamientos y cualquier otra parte de la Ley de Moisés. Fue la única parte hablada a oídos de todas las personas, y después de que el Señor la hubiera hablado, el libro de Deuteronomio dice: “y no añadió más” (Deuteronomio 5:22). Se promulgó en circunstancias de singular solemnidad, y acompañada por el trueno, el relámpago y un terremoto. Fue la única parte escrita sobre tablas de piedra por Dios mismo. Fue la única parte que se puso dentro del arca. Encuentro la ley del día de reposo al lado de la ley sobre la idolatría, el asesinato, el adulterio, el robo y cosas parecidas. Soy totalmente incapaz de creer que estuviera destinada a ser la única que fuera obligatoria sólo por un tiempo. Véase la Nota A, al final.
(c) Me dirijo a las escrituras de los Profetas del Antiguo Testamento. Los encuentro hablando repetidamente del quebrantamiento del día de reposo, al lado de las transgresiones más nefandas de la Ley moral (Ezequiel 20:13,16,24; 22:8,26). Los encuentro hablando de él como uno de los grandes pecados que acarreó juicios a Israel y llevó a los judíos en cautiverio (Nehemías 13:18; Jeremías 17:19-27). Me parece claro que el día de reposo, en su juicio, es algo mucho más elevado que los lavamientos y las purificaciones de la Ley ceremonial. Soy totalmente incapaz de creer, cuando leo su lenguaje, que el Cuarto Mandamiento fuese una de las cosas que un día desaparecerían.
(d) Me dirijo a la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo cuando Él estuvo sobre la Tierra. No puedo descubrir que nuestro Salvador jamás pronunciara una sola palabra para desacreditar ninguno de los Diez Mandamientos. Por el contrario, le encuentro declarando al comienzo de su ministerio que Él no vino para abolir la Ley sino para cumplirla, y el contexto del pasaje donde Él utiliza estas palabras me da la confianza de que Él no hablaba de la Ley ceremonial, sino de la Ley moral (Mateo 5:17). Le encuentro hablando de los Diez Mandamientos como una norma reconocida del bien y el mal: “Tú sabes los mandamientos” (Marcos 10:19). Le encuentro hablando once veces sobre el asunto del día de reposo, pero es siempre para corregir las añadiduras supersticiosas que los fariseos habían hecho a la Ley de Moisés en cuanto a su observancia, y nunca para negar la santidad del día. Él no deroga el día de reposo más que un hombre destruye una casa cuando elimina el musgo o las malas hierbas de su tejado. Sobre todo, encuentro a nuestro Salvador dando por supuesta la continuación del día de reposo cuando pronostica la destrucción de Jerusalén. “Orad”, le dice a los discípulos, “para que vuestra huida no suceda […] en día de reposo” (Mateo. 24:20). Soy totalmente incapaz de creer, cuando veo todo esto, que nuestro Señor no considerara el Cuarto Mandamiento tan obligatorio para los cristianos como los otros nueve.
(e) Me dirijo a los escritos de los apóstoles. Allí encuentro un lenguaje claro sobre la naturaleza transitoria de la Ley ceremonial y sus sacrificios y ordenanzas. Veo que se los llama “carnales” y “débiles”. Me dicen que son “la sombra de los bienes futuros”: un “ayo [para conducirnos] a Cristo”, y ordenados “hasta el tiempo de reformar las cosas”. Pero no puedo encontrar ni una sílaba en sus escritos que enseñe que ninguno de los Diez Mandamientos haya sido desechado. Por el contrario, veo a S. Pablo hablando de la Ley moral de la manera más respetuosa, aunque enseña enérgicamente que no nos puede justificar ante Dios. Cuando enseña a los efesios el deber de los hijos hacia los padres, simplemente cita el Quinto Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa” (Romanos 17:12; 13:8; Efesios 6:2; 1 Timoteo 1:8). Veo a Santiago y a S. Juan reconociendo la Ley moral como una regla acreditada entre aquellos a quienes escribieron (Santiago 2:10; 1 Juan 3:4). Nuevamente digo que soy totalmente incapaz de creer que cuando los apóstoles hablaron de la Ley, únicamente se referían a nueve mandamientos, y no a diez.
(f) Me dirijo a la práctica de los apóstoles, cuando se ocupaban de fundar la Iglesia de Cristo. Encuentro una mención especial de su observancia de un día de la semana como un día santo (Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2). Encuentro que uno de ellos habla del día como “el día del Señor” (Apocalipsis 1:10). Indudablemente, el día se cambió: se hizo el primer día de la semana en memoria de la resurrección de nuestro Señor, en vez del séptimo: pero creo que los apóstoles fueron divinamente inspirados para hacer dicho cambio, y al mismo tiempo sabiamente dirigidos para no hacer un decreto público sobre ello. El decreto sólo habría suscitado agitación en la mente judía, y ocasionado una ofensa inútil: era mejor que el cambio se efectuara gradualmente, y no que se impusiera a las conciencias de los hermanos débiles. No se interfería en el espíritu del Cuarto Mandamiento con el cambio en lo más mínimo: el día del Señor, en el primer día de la semana, era exactamente igual que un día de descanso después de seis días de trabajo, como el día de reposo en el séptimo día lo había sido. Pero por qué se nos habla tan significativamente sobre el “primer día de la semana” y “el día del Señor”, si los apóstoles no guardaron ningún día más santo que otro, es a mi entender totalmente inexplicable.
(g) Me dirijo, en el último lugar, a las páginas de la profecía incumplida. Encuentro allí un sencillo pronóstico de que en los últimos días, cuando el conocimiento del Señor llenará la Tierra, allí habrá aún un día de reposo. “De día de reposo en día de reposo, todo mortal vendrá a postrarse delante de mí —dice el SEÑOR” (Isaías 66:23). El asunto de esta profecía es sin duda profundo. No pretendo decir que pueda sondear todas su partes: pero una cosa es muy cierta para mí, y es que en los gloriosos días que han de venir sobre la Tierra, va a haber un día de reposo, y un día de reposo no para los judíos solamente, sino para “toda carne”. Y cuando veo esto, soy totalmente incapaz de creer que Dios quiso que el día de reposo cesara entre la primera venida de Cristo y la segunda. Creo que Él quiso que fuera una ordenanza eterna en su Iglesia.
Pido que se preste seria atención a estos argumentos de la Escritura. A mi propio entender, parece muy claro que dondequiera que Dios ha tenido una Iglesia en los tiempos bíblicos, Dios ha tenido también un día de reposo. Mi firme convicción es que una Iglesia sin un día de reposo no sería una Iglesia según el modelo de la Escritura. Véase la Nota B, al final.
Permítaseme concluir esta parte del asunto ofreciendo dos advertencias, que considero especialmente requeridas por la mentalidad de nuestro tiempo.
Por una parte, cuidémonos de infravalorar el Antiguo Testamento. En años recientes ha surgido una desafortunada tendencia a desdeñar y despreciar cualquier argumento religioso que se saque de una fuente del Antiguo Testamento, y a considerar al hombre que lo utilice como una persona oscurantista, trasnochada y anticuada. Haremos bien en recordar que el Antiguo Testamento está exactamente tan inspirado como el Nuevo, y que la religión de ambos Testamentos es, en lo principal, y en la raíz, una y la misma. El Antiguo Testamento es el Evangelio en el capullo; el Nuevo Testamento es el Evangelio en la flor. El Antiguo Testamento es el Evangelio en la hoja; el Nuevo Testamento es el Evangelio en el grano lleno. Los santos del Antiguo Testamento vieron muchas cosas oscuramente, como por un espejo; pero miraron al mismo Cristo por la fe y fueron conducidos por el mismo Espíritu que nosotros. No escuchemos, por tanto, a aquellos que se mofan de los argumentos del Antiguo Testamento. Mucha infidelidad comienza con un desprecio ignorante del Antiguo Testamento.
Por otra parte, cuidémonos de despreciar la ley de los Diez Mandamientos. Me aflige observar cuán ligeras e insanas son las opiniones de muchos hombres sobre este asunto. Me he asombrado ante la frialdad con que los clérigos hablan de ellos a veces como si fueran una parte del judaísmo, que pueden ser puestos en la misma categoría que los sacrificios y la circuncisión. ¡Me pregunto cómo pueden tales hombres leerlos a sus congregaciones cada semana! Por mi parte, creo que la venida del Evangelio de Cristo no alteró la posición de los Diez Mandamientos ni un ápice. Si acaso, más bien los enalteció y elevó su autoridad. Creo que, en la proporción y el lugar debidos, es exactamente tan importante exponerlos y hacerlos cumplir como predicar a Cristo crucificado. Por ellos es el conocimiento del pecado. Por ellos, el Espíritu enseña a los hombres su necesidad de un Salvador. Por ellos, el Señor Jesús enseña a su pueblo cómo caminar y agradar a Dios. Pienso que sería bueno para la Iglesia que los Diez Mandamientos se expusieran más frecuentemente en el púlpito de lo que se hace. En cualquier caso, me temo que mucha de la ignorancia actual sobre la cuestión del día de reposo es atribuible a ideas erróneas sobre el Cuarto Mandamiento.
EL PROPÓSITO DEL DÍA DE REPOSO
El segundo punto que me propongo examinar es el propósito para el que se estableció el día de reposo.
Siento que es imperiosamente necesario decir algo sobre este punto. No hay parte de la cuestión del día de reposo respecto a la cual se expresen tantas declaraciones ridículas. Muchos levantan un clamor en la actualidad, como si les infligiéramos un gran daño al exhortarles a santificar el día de reposo. Hablan como si la observancia del día fuera un yugo pesado, como la circuncisión y los lavamientos y purificaciones de la Ley ceremonial.
Pero el día de reposo es el mandato misericordioso de Dios para el beneficio común de toda la Humanidad. Fue “hecho para el hombre” (Marcos 2:27). Se dio para el bien de todas las clases, tanto para el laico como para el clero. No es un yugo, sino una bendición. No es una carga, sino algo misericordioso. No es un requisito duro y fastidioso, sino un gran beneficio público. No es una ordenanza que el hombre haya de utilizar por fe, sin saber por qué la utiliza. Es una ordenanza que conlleva su propia recompensa. Es buena para el cuerpo y la mente del hombre. Es buena para las naciones. Sobre todo, es buena para las almas.
(a) El día de reposo es bueno para el cuerpo del hombre. Todos necesitan un día de descanso. Sobre este punto, en cualquier caso, todo los médicos están de acuerdo. Si bien el cuerpo humano está formidable y maravillosamente hecho, no va a soportar un trabajo incesante sin intervalos regulares de reposo. ¡Los primeros buscadores de oro de California lo descubrieron pronto! Temerarios y profanos, como muchos probablemente eran; apremiados como estaban, sin duda, por la poderosa influencia de la esperanza de ganancia, aun así descubrieron que un séptimo día de descanso era absolutamente necesario para mantenerse vivos. Sin él, descubrieron que al cavar en busca de oro sólo cavaban sus propias tumbas. Creo firmemente que una razón por la que la salud de los clérigos que trabajan se resiente tan frecuentemente es la gran dificultad que encuentran para conseguir un día de descanso. Estoy seguro de que si el cuerpo nos pudiera decir lo que quiere, gritaría en voz alta: “Acuérdate del día de reposo”.
(b) El día de reposo es bueno para la mente del hombre. La mente necesita descanso tanto como el cuerpo; no puede aguantar una tensión ininterrumpida sobre sus facultades; debe de tener sus intervalos para relajarse y recuperar sus fuerzas. Sin él, se desgastará prematuramente, o saltará repentinamente, como un arco roto.
El testimonio del famoso filántropo Wilberforce sobre este punto es muy llamativo. Declaró que sólo podía atribuir su propia capacidad de resistencia a su observancia regular del día de reposo. Recordó que había observado cómo fallaban al final repentinamente algunos de los intelectos más grandes entre sus contemporáneos, y cómo sus poseedores tenían un triste final; y le satisfizo que en cada caso de naufragio mental la verdadera causa era la negligencia del Cuarto Mandamiento.
(d) El día de reposo es bueno para las naciones. Tiene un enorme efecto tanto sobre el carácter como sobre la prosperidad temporal de un pueblo. Creo firmemente que un pueblo que regularmente descansa un día entre siete trabajará más y hará un mejor trabajo en un año que un pueblo que nunca descansa en absoluto. Sus manos serán más fuertes; sus mentes serán más claras; su poder de atención, aplicación y constante perseverancia será mucho mayor. Véase la Nota C, al final.
(e) Finalmente, pero no menos importante, el día de reposo es puro bien para el alma de hombre. El alma tiene sus necesidades tanto como la mente y el cuerpo. Está en medio de un mundo apresurado, bullicioso, en que sus intereses están constantemente en peligro de ser quitados de en medio. Para atender a esos intereses adecuadamente, debe haber un día especial apartado de los demás; debe haber tiempo regularmente para examinar el estado de nuestras almas; debe haber un día para probar y comprobar si estamos preparados para un Cielo eterno. Si le quitamos a un hombre su día de reposo, su religión se quedará pronto en nada. Por regla general, hay un tramo de escalones que va regularmente desde “ningún día de reposo” a “ningún Dios”.
Sé bien que muchos dicen que “la religión no consiste en guardar días y épocas”. Estoy de acuerdo con ellos. Soy bastante consciente que hace falta algo más que la observancia del día de reposo para salvar nuestras almas. Pero quisiera que tales personas nos dijeran simplemente qué tipo de religión es la que enseña a las personas a no guardar días santos en absoluto. Sé bien que hay algunas personas buenas que argumentan que “todos los días deben ser santos” para el verdadero cristiano, y sobre esta base desaprueban la santificación especial del primer día de la semana. Respeto las convicciones que, en conciencia, tienen tales personas. Iría tan lejos como cualquiera en contender por “una religión de todos los días”, y en protestar contra un cristianismo de mero día de reposo; pero me satisface que la teoría es insana y antibíblica. Estoy convencido de que, tomando la naturaleza humana como es, el intento de observar todos los días como un día del Señor nos daría como resultado el no tener un día del Señor en absoluto. Nadie sino un completo fanático, me imagino, diría que es erróneo tener tiempos asignados para la oración privada, sobre la base de que debemos “orar siempre”; y pocos, estoy convencido, que miran el mundo con los ojos del sentido común, no verán que, para que la religión tenga pleno efecto sobre los hombres, debe haber un día en la semana apartado para este fin.
Tanto si lo sabemos como si no, nuestro día de reposo es una de nuestras más ricas posesiones. Es bueno para nuestros cuerpos, para nuestras mentes y para nuestras almas. De él se pueden decir verdaderamente las famosas palabras de que “es la defensa barata de una nación”.
CÓMO SE DEBE GUARDAR
Me propongo, en tercer lugar, mostrar la manera como se debe guardar el día de reposo.
Este es una aspecto del asunto sobre el que existe gran diferencia de opinión; aun los amigos del día de reposo no están completamente de acuerdo. Muchos, creo, contenderían tan fuertemente como yo por un día de reposo, pero no por el día de reposo por el que yo contiendo. Mi deseo es simplemente afirmar lo que parece estar en la mente de Dios según se revela en la Santa Escritura.
De una vez por todas, debo decir simplemente que no puedo estar totalmente de acuerdo con aquellos que nos dicen no querer un día de reposo judío, sino uno cristiano. Dudo que tales personas sepan claramente lo que quieren decir. Si objetan al día de reposo farisaico, estoy de acuerdo con ellos; si objetan a un día de reposo mosaico, les haría considerar bien lo que dicen. No puedo encontrar una evidencia clara de que el día de reposo del Antiguo Testamento fuera destinado por Moisés a ser más estrictamente guardado que el domingo cristiano.
¿Cual parece ser entonces la voluntad de Dios sobre la manera de observar el día de reposo? Hay dos reglas generales establecidas para nuestra guía en el Cuarto Mandamiento, y por ellas, todas las cuestiones deben ser decididas.
Una regla sencilla sobre el día de reposo es que debe guardarse como un día de descanso. Toda obra de cualquier tipo debe cesar en lo posible, tanto del cuerpo como de la mente. “No harás [en él] obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que está contigo”. Las obras de necesidad y de misericordia pueden hacerse. Nuestro Señor Jesucristo nos enseña esto, y enseña también que las tales obras eran permisibles en los tiempos del Antiguo Testamento. “¿No habéis leído lo que hizo David” […] “¿O no habéis leído en la ley, que en los días de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo y están sin culpa?” (Mateo. 12:3-5). Todo aquello, en suma, que sea necesario para conservar y mantener la vida de uno mismo, o de las criaturas, o para hacer bien a las almas de los hombres, puede hacerse en el día de reposo sin pecar.
La otra gran regla sobre el día de reposo es que debe santificarse. No ha de ser un descanso sensual, carnal, como el de los adoradores del becerro de oro, que “se [sentaron] a comer y a beber, y se [levantaron] a regocijarse” (Éxodo 32:6). Es vital que sea un descanso santo.
Ha de ser un descanso en que, en lo posible, los asuntos del alma sean atendidos, los asuntos del otro mundo considerados, y la comunión con Dios y con Cristo guardada. En suma, no se debe olvidar nunca que es “día de reposo para el SEÑOR tu Dios” (Éxodo 20:10).
Pido atención a estas dos reglas generales; creo que todas las cuestiones tocantes al día de reposo pueden probarse sin riesgo por medio de ellas. Creo que dentro de los límites de estas reglas se cubre toda necesidad lícita y razonable de la naturaleza humana, y que todo lo que viole estos límites es pecado.
No soy un fariseo. No suponga ningún trabajador que ha estado confinado a una habitación durante seis días que me opongo a que tome cualquier relajación lícita para su cuerpo en domingo. No veo ningún mal en un paseo tranquilo en domingo, siempre y cuando no sustituya la asistencia al culto público, y que sea verdaderamente tranquilo y como el de Isaac (Génesis 24:63). Leo acerca de nuestro Señor y sus discípulos que caminaban entre los sembrados en el día de reposo. Lo único que digo es: cuidado con no convertir la libertad en libertinaje; cuidado con no dañar las almas de otros al buscar la relajación para ti mismo; y cuidado que nunca olvides que tú tienes un alma así como también un cuerpo.
No soy un exaltado. No quiero que ningún obrero cansado malentienda lo que quiero decir. Les invito a santificar el día de reposo. No le digo a nadie que debe orar todo el día, o leer su Biblia todo el día, o ir a la iglesia todo el día, o meditar todo el día, sin pausa o descanso, el domingo. Lo único que digo es que el descanso del domingo debería ser un descanso santo. Debe tenerse en cuenta a Dios; debe estudiarse la Palabra de Dios; debe asistirse a la casa de Dios; deben considerarse especialmente los asuntos del alma; y digo que todo lo que impida que el día se guarde santo de esta manera, se debe evitar en lo posible.
No soy admirador de una religión lúgubre. Que nadie suponga que quiero que el domingo sea un día de tristeza e infelicidad. Quiero que cada cristiano sea un hombre feliz; deseo que tenga “gozo y paz en el creer” y que se regocije “en la esperanza de la gloria de Dios”. Quiero que todos consideren el domingo como el día más radiante y más alegre de todos los siete; y le digo a todo el que considere el domingo que yo sostengo como un día fastidioso, que hay algo tristemente erróneo en el estado de su corazón. Le digo claramente que si no puede disfrutar de un domingo “santo”, el error no está en el día, sino en su propia alma.
Puedo creer fácilmente que muchos pensarán que coloco la norma de la observancia del día de reposo demasiado alta. Los desconsiderados y mundanos, los amantes del dinero y los amantes del placer, todos exclaman que lo que yo requiero es imposible. Es fácil hacer tales afirmaciones. La única pregunta para un cristiano debe ser: “¿Qué enseña la Biblia?” La medida de Dios en cuanto a lo que es correcto no debe sin duda rebajarse a la medida del hombre: la medida del hombre debería más bien adaptarse a la medida de Dios.
No sostengo otra norma de observancia del día de reposo que la que todos los cristianos mejores y más santos de cada Iglesia y nación ha sostenido casi sin excepción. Es extraordinario observar la armonía que hay entre ellos sobre este punto. Han diferido ampliamente sobre otros asuntos de la religión —han disentido aun con respecto a la base sobre la que defender la santificación del día de reposo—, pero tan pronto como afrontamos la pregunta práctica de “cómo debe observarse el día del Señor”, la unidad entre ellos es verdaderamente sorprendente.
Por último, pero no por ser menos importante, no quiero otra norma de observancia del día de reposo que aquella que conduce a toda persona comedida a una reflexión sosegada y racional sobre las cosas aún por venir. ¿Vamos realmente a morir un día y dejar este mundo? ¿Estamos a punto de comparecer ante Dios en otro estado de existencia? ¿Son estas cosas así o no? Sin duda, si lo son, no es demasiado pedir a los hombres que den un día entre siete a Dios; no es demasiado requerirles probar su propia aptitud para el otro mundo pasando el día de reposo en preparación especial para él. El sentido común, la razón y la conciencia se combinarán, pienso yo, para decir que si no podemos reservar para Dios un día en la semana, no podemos vivir como deben vivir los que un día deben morir.
LAS FORMAS EN QUE SE PROFANA
La última cosa que me propongo hacer es demostrar algunas de las formas en que se profana el día de reposo.
Hay dos tipos de profanación del día de reposo que deben notarse. Uno es ese tipo más privado del que son continuamente culpables millares de personas, y que sólo puede refrenarse despertando las conciencias de los hombres. El otro es de un tipo más público, que sólo puede remediarse por la presión de la opinión pública, y el brazo fuerte de la Ley.
Cuando hablo de la profanación privada del día de reposo, me refiero a esa manera secular imprudente e irreflexiva de pasar el domingo que todo el que mira a su alrededor sabe que es así. Cuántos hacen del día del Señor un día para dar banquetes; un día para mirar sus cuentas y poner al día sus libros; un día para hacer viajes innecesarios y gestionar calladamente negocios mundanos; un día para leer periódicos o novelas; un día para hablar de política y chismes ociosos; un día, en suma, para cualquier cosa más bien que para las cosas de Dios.
Ahora bien, todo este tipo de cosas es erróneo, claramente erróneo. Creo firmemente que millares de personas nunca reflexionan lo más mínimo sobre este asunto; pecan por ignorancia e inconsideración. Sólo hacen lo que los demás; sólo pasan el domingo como sus padres y sus abuelos hicieron antes de ellos; pero esto no altera el argumento. Es totalmente imposible decir que pasar el domingo como he descrito es “santificar” el día: es un claro quebrantamiento del Cuarto Mandamiento, tanto en la letra como en el espíritu. Es imposible argumentar necesidad o misericordia en un caso entre mil. Y por pequeños y baladíes como estos quebrantamientos del día de reposo parezcan ser, son exactamente el tipo de cosas que impiden que los hombres tengan comunión con Dios y obtengan el bien de su Día.
Cuando hablo de la profanación pública del día de reposo me refiero a esas prácticas públicas y descaradas que saltan a la vista los domingos en el vecindario de las grandes ciudades. Me refiero a la práctica de tener las tiendas abiertas, y comprar y vender los domingos. Me refiero especialmente a las excursiones de placer en domingo por transporte público y la apertura de lugares de diversión pública; y a los atrevidos esfuerzos que muchos hacen actualmente por profanar el día del Señor, sin considerar su autoridad divina. “Acuérdate del día de reposo para santificarlo”.
No siento la más pequeña incertidumbre en mi propia mente en cuanto a todos estos puntos. Todas estas maneras de pasar el día de reposo son erróneas, indudablemente erróneas. En tanto en cuanto la Biblia sea la Biblia, y el Cuarto Mandamiento, el Cuarto Mandamiento, no me atrevo a llegar a ninguna otra conclusión. Son todas erróneas.
Estas maneras de pasar el domingo no son ningunas de las obras de necesidad o las obras de misericordia. No hay la más mínima semejanza entre ellas y cualquiera de las cosas que el Señor Jesús explica que son lícitas en el día de reposo. Sanar a una persona enferma, o sacar un buey o un asno de un hoyo, es una cosa: viajar en trenes de excursión, o ir a conciertos, teatros, bailes y cines es otra completamente distinta. La diferencia es tan grande como entre la luz y las tinieblas.
Ninguna de estas maneras de pasar el domingo tienen una tendencia santa, o están calculadas para ayudarnos en el camino al Cielo. ¡Ciertamente no! Toda la experiencia enseña que se necesita algo más que las hermosuras del arte y la naturaleza para enseñar al hombre el camino al Cielo.
Estas maneras de pasar el domingo nunca confirieron un bien moral o espiritual en cualquier lugar donde se hayan practicado. Se han practicado durante siglos en Italia, en Alemania y en Francia. Las diversiones y deportes en domingo se han practicado por mucho tiempo en las ciudades de Europa. ¿Pero qué beneficio han producido para que debamos desear imitarlas? ¿Qué ventajas vamos a obtener haciendo un domingo en Londres como un domingo en París o en otras ciudades de Europa?. Sería un cambio para peor, y no para mejor.
Por último, pero no por ello menos importante, la manera de pasar el domingo inflige un daño cruel a las almas de multitud de personas. El transporte público no puede funcionar los domingos sin emplear a millares de personas si la gente hace del domingo un día para viajar y hacer excursiones. Los lugares de diversión no pueden abrirse los domingos sin el empleo de muchos para proveer para aquellos que los utilizan. ¿Y no tienen todas estas desgraciadas personas almas inmortales? ¿No necesitan todos un día de descanso tanto como todos los demás? Sin duda que sí. Pero el domingo no es domingo para ellos tanto en cuanto se permitan estas profanaciones públicas del día de reposo. Su vida llega a ser una larga cadena de trabajo, de trabajo ininterrumpido: en suma, lo que es diversión para otros llega a ser muerte para ellos.
¡Desechemos la idea de que un día de reposo hedonista europeo es de misericordia para nadie! No es nada menos de una falacia enorme llamarlo así. Tal día de reposo no es de verdadera misericordia para nadie, y es un verdadero sacrificio para algunos.
Escribo estas cosas con tristeza. Sé bien a cuántos de mis paisanos les son de aplicación. He pasado muchos domingos en grandes ciudades. He visto con mis propios ojos cómo el día del Señor es convertido por las multitudes en un día de mundanalidad, un día de impiedad, un día de regocijo carnal y, con demasiada frecuencia, un día de pecado. Pero la extensión de la enfermedad no nos debe impedir denunciarla: hay que decir la verdad.
Hay una conclusión general a sacar de la conducta de aquellos que públicamente profanan el día de reposo de la manera que he descrito. Muestran claramente que están en la actualidad “sin Dios en el mundo”. Son como aquellos en la antigüedad que decían: “¿Cuándo pasará […] el día de reposo…?” “¡Ay, qué fastidio!” (Amós 8:5; Malaquías 1:13). Es una conclusión pavorosa, pero es imposible evitarla. La Escritura, la Historia y la experiencia se combinan todas para enseñarnos que deleitarse en la Palabra del Señor, en el servicio del Señor, en el pueblo del Señor y en el día del Señor van siempre juntos. Los hedonistas dominicales son sus propios testigos. Cada semana están declarando en la práctica: “No queremos a Dios: no queremos que reine sobre nosotros”.
No constituye el más mínimo argumento, en respuesta a lo que he dicho, que muchos hombres grandes y eruditos no vean ningún daño en la diversión, el deporte y el placer en domingo. Nada importa en los asuntos religiosos quién hace una cosa: el único punto a comprobar es “si tiene razón”.
Tomemos nuestra posición en la Biblia, y aferrémonos a su enseñanza. Cualquiera que sea la que los demás piensen que es lícito, que nuestra sentencia sea siempre el que un día entre siete, y un día entero, debe santificarse para Dios.
UN LLAMAMIENTO FINAL
Y ahora deseo dirigir una palabra de despedida a varias clases de personas que puedan leer estas páginas. Escribo como un amigo. Pido una atención paciente y justa.
(1) Hago un llamamiento, ante todo, a todos los que tienen el hábito de quebrantar el día de reposo. Tanto si lo quebrantas en público o en privado, si lo quebrantas en compañía o a solas, tengo algo que decirte.
Te pido que consideres seriamente cómo responderás por tu conducta actual en el Día del Juicio. Lo dejo solemnemente a tu conciencia. Te pido que pienses con calma y serenidad cuán totalmente incapacitado estás para comparecer ante Dios. No puedes vivir para siempre: un día tienes que yacer muerto. No puedes escapar del gran juicio en el mundo venidero: tienes que comparecer ante el gran trono blanco y dar cuenta de todas tus obras.
Éstas son grandes realidades, y lo repito deliberadamente: a menos que estés dispuesto a tomar alguna fábula de invención humana, y ser esa pobre criatura crédula, un escéptico, sabes que estas cosas son verdaderas.
¿Dónde está tu preparación para encontrarte con Dios y darle cuentas a Él? ¿Dónde está tu preparación para una eternidad en su compañía, y en la sociedad de santos y ángeles? ¡Sí! Bien puedo preguntar: ¿Dónde? No puedes dar una respuesta. ¡No puedes dar a Dios un solo día entre siete! ¡Te cansa pasar una séptima parte de tu tiempo en intentar saber más de Aquel ante cuyo tribunal vas a comparecer un día!
¡Oh transgresor del día de reposo, considera tus caminos y sé sabio! ¿Qué daño ha hecho el domingo al mundo para que lo odies tanto? ¿Qué daño te ha hecho Dios para que obstinadamente le vuelvas la espalda a sus leyes? ¿Qué ofensa ha hecho la fe cristiana a la Humanidad para que tengas miedo de tener demasiado de ella? Mira ese cuerpo tuyo y piensa cuán pronto será polvo y cenizas. Mira la tierra sobre la que caminas y piensa cuán pronto estarás a dos metros bajo su superficie. Mira los cielos arriba, y piensa en el poderoso Ser que es el eterno Dios. Mira tu propio corazón y piensa cuánto mejor sería ser amigo de Dios que enemigo suyo. Si realmente quieres yacer sobre tu lecho de muerte consolado, si realmente quieres dejar este mundo con una buena esperanza, rompe con la profanación del día de reposo y no peques más. Que el tiempo pasado te baste para haberle robado a Dios su día. Dale a Dios lo suyo en los días venideros.
Ve a la casa de Dios, y oye el Evangelio predicado. Confiesa tu pecado pasado ante el Trono de la Gracia, y pide perdón mediante esa sangre que “limpia de todo pecado”. Organiza tu tiempo el domingo de modo que tengas tiempo libre para meditar tranquila y sosegadamente en las cosas eternas. Evita la compañía que te lleva a hablar sólo de este mundo. Toma la Biblia que durante tanto tiempo has descuidado, y estudia sus páginas. ¡Hazlo, hazlo sin demorarlo una sola semana! Puede ser duro al principio, pero merece la pena la lucha. Hazlo, y será bueno para ti tanto en el tiempo como en la eternidad.
(2) Hago un llamamiento, a continuación, a todos los que pertenecen a la comunidad industrial, o profesan tomar un interés en su estado.
Te pido, pues, que nunca te dejes atrapar ni engañar por los que quieren que la santidad del día del Señor sea más invadida públicamente de lo que es y que, sin embargo, te dicen que son “amigos de las clases trabajadoras”. Créeme que son, en realidad, sus peores enemigos: están tomando el camino más seguro para hacer más pesadas sus cargas. Probablemente, no lo hacen intencionadamente, pero en realidad les hacen un daño cruel.
Ten la seguridad de que si nuestros domingos se convierten alguna vez en días de juego y diversión, pronto se convertirán en un día de labor y trabajo. Es vano suponer que pueda evitarse: nunca lo ha sido en otros países; nunca lo será en nuestro propio país.
Tengo confianza en que todos los trabajadores en nuestro país no serán engañados en cuanto a esta cuestión del día de reposo. De todas las personas sobre la Tierra, son los más interesados en ello. Nadie tiene tanto que perder en este asunto como ellos, y nadie tiene tan poco que ganar.
(3) Hago un llamamiento, a continuación, a todos los que profesan reverencia por el día de reposo, y no desean que cambie su carácter.
Te pido que consideres si no puedes ser más estricto en santificar el día de reposo de lo que has sido hasta aquí. Por desgracia, me temo que hay mucha laxitud en muchos lugares sobre este punto. Me temo que muchos a quienes no se les pasa por la cabeza infringir el Cuarto Mandamiento son culpablemente inconsiderados y negligentes con respecto a la forma en que obedecen sus preceptos. Me temo que el mundo se introduce, mucho más de lo que debiera, en los domingos de muchas familias respetables que van a la iglesia. Me temo que muchos guardan el día de reposo ellos mismos, pero nunca dan a otros la oportunidad de santificarlo. Me temo que muchos de los que guardan el día del Señor con mucho decoro externo, cuando están en su país, son frecuentemente malvados transgresores del día de reposo cuando van al extranjero. Me temo que centenares de viajeros británicos hacen cosas los domingos en Europa que nunca harían en su propio país.
Esto es un mal doloroso; si realmente amamos el día del Señor, demostremos nuestro amor por nuestra manera de utilizarlo. Dondequiera que estemos —ya sea en nuestro país o en el extranjero, ya sea en países protestantes o católicos romanos—, que nuestra conducta en domingo sea la apropiada para ese día. Nunca olvidemos que los ojos del Señor están en todo lugar y que el Cuarto Mandamiento es igualmente obligatorio para nosotros en Italia, Suiza, Alemania o Francia como lo es en nuestro propio país. Finalmente, pero no por ser de menor importancia, recordemos que el Cuarto Mandamiento habla de nuestro “siervo” y nuestra “sierva” tanto como de nosotros mismos.
(4) Hago un llamamiento, en último lugar, a todos los que aman al Señor Jesucristo con amor incorruptible, y son celosos por su causa.
Te pido, pues, que consideres si no es propio del solemne deber de todos los cristianos verdaderos el tomar medidas mucho más eficaces que hasta aquí, para conservar la santidad del día del Señor.
Formamos sociedades para defender el día del Señor, y proponemos medida tras medida en el Parlamento parar detener el comercio en domingo. ¿Pero es eso suficiente? ¡No; no lo es!
Debe hablarse la verdad: debemos comenzar desde más abajo. No podemos hacer religiosas a las personas mediante leyes parlamentarias solamente. Debemos enseñar lo recto así como también prohibir lo erróneo: debemos tratar de prevenir la maldad así como también reprimirla. Debemos golpear la raíz de las maldades que deploramos. Debemos empeñarnos en evangelizar a las masas de hombres y mujeres que ahora quebrantan sus días de reposo cada semana. Debemos mostrarles un mejor camino. Debemos desviar esta fuente del quebrantamiento del día de reposo hacia diferentes canales, y no contentarnos con embalsar sus aguas cuando se desbordan.
Encomiendo estas cosas a la atención de todos los que aman al Señor Jesucristo con amor incorruptible. Que las grandes ciudades sean completamente evangelizadas, y así se dará un golpe mortífero a la raíz de todo quebrantamiento del día de reposo.
La pura verdad es que el quebrantamiento del día de reposo en la actualidad es una entre muchas demostraciones del bajo estado en que se encuentra la religión vital. Oro a Dios que todos aprendamos sabiduría y enmendemos nuestros caminos antes de que sea demasiado tarde. Queremos más obra para Cristo. Queremos un retorno a las sendas antiguas de los apóstoles en cada rama de la Iglesia; queremos una generación de ministros cuya primera ambición sea ir a cada lugar de su parroquia, y contar la historia de la Cruz de Cristo. A menos que nuestras grandes ciudades sean más completamente evangelizadas, nunca dejaremos la lucha por SANTIFICAR EL DÍA DE REPOSO.
NOTAS
Nota A
El erudito obispo Andrewes sabiamente comenta que es peligroso hacer el Cuarto Mandamiento ceremonial, y meramente obligatorio por un tiempo. “Los papistas entonces querrán que el Segundo Mandamiento también sea ceremonial; y no hay razón por que no pueda haber tres así como dos, y así cuatro y cinco y todos”. “Sostenemos que todas las ceremonias fueron acabadas y abrogadas por la muerte de Cristo: pero no el día de reposo”. Obispo Andrewes sobre la Ley moral, 1642.
Nota B
Se añaden las siguientes citas de destacados ministros de Dios. En unos días como los actuales, cuando tan frecuentemente se nos dice que eruditos teólogos niegan la autoridad divina del día del Señor, bien se puede mostrar al lector que hay otros teólogos —y algunos eminentemente doctos— que adoptan una idea enteramente diferente.
OIGAMOS LO QUE DICE BAXTER:
“Ha sido la práctica constante de todas las iglesias de Cristo en el mundo entero siempre desde los días de los apóstoles hasta este día, reunirse para la adoración pública en el día del Señor, como un día apartado para ello por los apóstoles. Sí, tan universal era este juicio y práctica que no hay ninguna iglesia, ningún escritor, ningún hereje que recuerde haber leído, que pueda probarse que haya siquiera disentido de él o lo haya contradicho hasta tiempos recientes”. Baxter sobre la institución divina del día del Señor, 1680.
OIGAMOS A CONTINUACIÓN A LIGHTFOOT:
“El primer día de la semana se celebraba en todas partes como el día de reposo cristiano, y no se puede pasar por alto sin observar, en tanto en cuanto a que aparece en la Escritura, que no hay en ninguna parte disputa alguna sobre la cuestión. Había controversia en lo que concierne a la circuncisión y otros puntos de la religión judía. Si se habían de retener o no, pero en ninguna parte leemos en lo que concierne al cambio del día de reposo. Había, ciertamente, algunos judíos convertidos al Evangelio, quienes, al igual que en algunas otras cosas retuvieron un sabor de su antiguo judaísmo, así lo hicieron en la observancia de días (Romanos 14:5; Gálatas 4:10), pero sin rechazar o descuidar el Día del Señor. Lo celebraron y no mostraron ningún escrúpulo, parece ser, tocante a ello; pero querían sus antiguos días de fiesta también; y no disputaron en absoluto si había de celebrarse el día del Señor, sino si el día de reposo judío debía o no celebrarse también”. Obras de Lightfoot, vol. 12, 556. 1670.
Toda la cuestión del cambio desde el día de reposo del séptimo día al día del Señor la encontrará el lector admirablemente tratada en los Sermones del obispo Daniel Wilson, On the Lord’s Day (En el día del Señor), que puede obtenerse de la Sociedad para la Observancia del Día del Señor.
Nota C
“No somos más pobres en Inglaterra, sino más ricos, porque durante mucho siglos hemos descansado de nuestro trabajo un día entre siete. Ese día no está perdido. Mientras la industria se detiene, mientras el arado permanece en el surco, mientras la Bolsa está silenciosa, mientras no sube humo de la fábrica, está teniendo lugar un proceso que es tan importante para la riqueza de las naciones como cualquier proceso que se efectúe en días más atareados. El hombre, la máquina entre la maquinaria, la máquina comparada con la cual todas las invenciones de los Watts y Arkwrights son inservibles, se repara y detiene, de modo que vuelve a su labor el lunes con el intelecto más claro, con el ánimo más vivaz, con el vigor corporal renovado”. Discurso de Macaulay sobre el proyecto de ley de las diez horas. Discursos, pp. 450, 453, 454.
El famoso Blackstone dice: “El santificar un día entre siete, como tiempo de relajación y refrigerio, así como también para la adoración pública, es de un servicio admirable al Estado, considerado meramente como una institución civil”. Blackstone’s Commentaries (Los Comentarios de Blackstone), vol. 4, p. 63.
por Archibald A. Hodge
Diferentes naciones cristianas y diferentes denominaciones, y cada denominación en períodos diferentes de su historia, han albergado sentimientos muy diversos y seguido muy diversas costumbres con respecto a la observación del día de reposo semanal, así como también con respecto a toda otra ordenanza cristiana y deber práctico. A pesar de este hecho, sin embargo, todo el mundo cristiano histórico, católico y evangélico, ha estado siempre de acuerdo con respecto a la verdad de las siguientes proposiciones:
Esta declaración de la fe histórica de la totalidad de la Iglesia contradice las siguientes ideas falsas de sectores transitorios y pequeños:
El objeto de este ensayo es simplemente declarar el fundamento sobre el que se apoya la fe universal de la Iglesia cuando, al tiempo que reconoce el Cuarto Mandamiento como una parte integral de la Ley moral suprema, universal e inalterable, asevera que el primer día de la semana —con este fin y por razones obvias— ha sustituido al séptimo por la autoridad de los apóstoles inspirados y, por tanto, de Cristo mismo.