1. Continuamos ahora construyendo el marco básico de un ordo salutis bíblico. Estamos utilizando Romanos 8:28-30 para darnos una secuencia o disposición fundamental. Ahora identificamos otras bendiciones de la salvación e insertamos en esta estructura básica para completar el orden de las bendiciones en nuestra experiencia de ser salvos. Hasta ahora hemos construido este orden: llamamiento – regeneración – arrepentimiento y fe – justificación – glorificación.
2. A medida que completamos lo que falta en el ordo, veremos la importancia de la fe en la vida cristiana. Descubriremos la verdad de Habacuc 2:4: «He aquí que su alma no es recta en él; mas el justo por su fe vivirá».
A. La relación entre fe y justificación
1. Debemos tener cuidado de no confundir el decreto de Dios de justificar —que situamos en la eternidad pasada— con el acto o bendición de la justificación que el cristiano recibe en esta vida. No debemos confundir la voluntad eterna de Dios de actuar con el acto mismo. Les advierto contra lo que comúnmente se llama «hiper-calvinismo». «Hiper» significa sobre, más allá. En otras palabras, una verdad característica del calvinismo —que Dios es soberano y actúa conforme a su decreto o voluntad eterna— se distorsiona y se lleva a un extremo desequilibrado. La doctrina se extiende más allá o sobre los límites revelados en la Biblia. Pueden encontrarse con el hiper-calvinismo al leer teólogos que escriben sobre la justificación.
2. El hiper-calvinismo es un desequilibrio teológico que exagera la voluntad decretiva de Dios y minimiza su voluntad preceptiva; enfatiza tanto la voluntad soberana de Dios que ignora la necesidad de la creación y de la historia. La Biblia comienza con la creación y con el hombre hecho a imagen de Dios. Aprendemos que los propósitos soberanos de Dios se cumplen en la historia, pero que la historia es significativa y posee un sentido moral que Dios juzga. Los hiper-calvinistas dan la impresión de que el juicio final será la revelación de los propósitos soberanos secretos de Dios, pero la Escritura describe el juicio final como el momento en que Dios juzgará a los hombres conforme a sus obras, conforme al significado moral y espiritual de la vida que han vivido, conforme a la historia real.
3. Pero al hablar de la justificación: decir que Dios decreta justificar no equivale a decir que los elegidos ya están justificados. Esto se conoce como «la doctrina de la justificación eterna». Algunos enfatizan tanto la elección como si lo principal del cristianismo fuera descubrir si uno pertenece al número de los elegidos. Esta es una distorsión peligrosa del orden equilibrado que vemos en el ordo salutis de la Escritura. Un ordo salutis bíblico no conecta la justificación con el decreto de Dios, sino que la sitúa en relación con la fe. La fe es una gracia salvadora dada a los elegidos, quienes han sido regenerados. Sólo cuando el pecador regenerado ejerce la fe, se le concede la bendición de la justificación. A menos que una persona ejerza la fe, no podemos afirmar que haya sido regenerada ni podemos suponer que esté justificada. La fe es la evidencia del nuevo nacimiento y la mano que recibe el don de la justificación.
4. Si han cocinado una comida siguiendo una receta, saben cuán importante es usar los ingredientes correctos y combinarlos en el orden adecuado. Si no siguen la receta, prepararán una comida terrible, ¡quizás incluso venenosa! Como pastores, necesitamos conocer la receta que Dios sigue cuando el Espíritu Santo aplica la salvación a los pecadores. Así podremos discernir mejor cómo Dios obra en nosotros mismos y en los demás.
5. Aprenderemos que la base de la justificación es la obra objetiva de Cristo. La base y sustancia de nuestra justificación es lo que Jesús ha logrado por nosotros en su muerte y resurrección. Recibimos el don de la justificación por fe, cuando creemos en Jesús tal como Él nos es revelado en el evangelio. A menos que un hombre crea, no está justificado. La justificación se concede al creyente.
6. La fe se presenta claramente como el instrumento mediante el cual se recibe la justificación.
i. Romanos 1:17: «Porque en ella [el evangelio] se revela la justicia de Dios por fe y para fe; como está escrito: “Mas el justo por la fe vivirá”» (evk pi,stewj).
ii. Romanos 3:22: «la justicia de Dios mediante la fe (dia. pi,stewj) en Jesucristo, para todos los que creen; porque no hay distinción».
iii. Romanos 3:24-25: «siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe (dia. @th/j# pi,stewj) en su sangre, para manifestar su justicia, por haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados».
iv. Romanos 3:26: «para manifestar, digo, en este tiempo su justicia, a fin de que Él sea justo y a la vez el que justifica al que tiene fe en Jesús» (to.n evk pi,stewj VIhsou/).
v. Romanos 3:28: «Porque sostenemos que el hombre es justificado por fe (dikaiou/sqai pi,stei) aparte de las obras de la ley».
vi. Romanos 3:30: «ya que Dios es uno, el cual justificará por la fe (evk pi,stewj) a los circuncisos, y por medio de la fe (dia. th/j pi,stewj) a los incircuncisos».
vii. Romanos 5:1: «Justificados, pues, por la fe (dikaiwqe,ntej ou=n evk pi,stewj), tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo».
viii. Gálatas 3:8: «Y la Escritura, previendo que Dios justificaría por la fe (evk pi,stewj) a los gentiles, anunció de antemano el evangelio a Abraham, diciendo: “En ti serán benditas todas las naciones”».
ix. Gálatas 3:24: «Así que la ley fue nuestro ayo para llevarnos a Cristo, a fin de que fuéramos justificados por la fe (evk pi,stewj dikaiwqw/men)».
x. Gálatas 2:16: «sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por medio de la fe (dia. pi,stewj) en Jesucristo, nosotros también hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo (kai. h`mei/j eivj Cristo.n VIhsou/n evpisteu,samen [aoristo activo indicativo] (i[na dikaiwqw/men [aoristo pasivo subjuntivo] evk pi,stewj Cristou/), y no por las obras de la ley; porque por las obras de la ley ninguna carne será justificada».
a. Creímos para ser justificados.
b. El orden es claro: la fe precede a la justificación. También reconocemos una relación lógica en que la fe está instrumentalmente relacionada con la recepción de la bendición de la justificación.
xi. Filipenses 3:9: «y hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe (dia. pi,stewj) en Cristo, la justicia que es de Dios por la fe (evpi. th/| pi,stei)».
7. Génesis 15:6: «Entonces [Abraham] creyó al SEÑOR, y Él le contó como justicia».
i. La fe precede al acto de Dios de contarle como justo. «Contar» es el lenguaje de la justificación.
ii. Nuestro interés en el ordo salutis queda satisfecho al ver que la fe precede a la justificación.
8. Hasta ahora tenemos el siguiente orden: elección, llamamiento, arrepentimiento y fe, justificación y glorificación.
B. La relación entre fe y adopción
1. La Escritura también sitúa la bendición de la adopción después de la regeneración y la fe. La adopción está estrechamente vinculada con la justificación. Los escritores más antiguos de los siglos XVIII y XIX no solían diferenciar ambas.
i. Juan 1:12: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios».
a. Los tiempos verbales son cruciales para entender el ordo salutis. «Recibieron», «dio» y «ser hijos» son verbos en aoristo, tiempo pasado. «Creen» es un participio presente activo. Por tanto, la secuencia es algo así: los que ahora creen lo hacen porque previamente recibieron a Cristo [mediante un acto inicial de fe]. Cuando creyeron inicialmente, se les concedió la bendición de la adopción. En consecuencia, los que ahora creen son vistos como ya adoptados. Tan pronto como creyeron, fueron adoptados como hijos de Dios. Se observa claramente cómo la adopción está estrechamente vinculada con la justificación, la cual también se concede cuando el pecador cree por primera vez.
b. La adopción es una bendición legal, similar a la justificación. Juan dice que es un «derecho» (evxousi,an) con autoridad para ejercerlo. Este derecho no es la regeneración, pero cuando vemos fe, podemos suponer que quien cree ya ha nacido de nuevo. Sabiendo que la fe sigue a la regeneración, también podemos deducir que la regeneración precede a la adopción. Asimismo, situaríamos la justificación antes de la adopción, pues Dios no adoptaría en su familia a alguien cuyos pecados no hubiera perdonado ni a quien no hubiera aceptado como justo. Aquí vemos un orden: regeneración, luego fe, luego justificación y adopción.
ii. Cada vez que leemos en la Escritura acerca de nuestra herencia, estamos ante la doctrina de la adopción. Sólo los hijos reciben herencia. Efesios 1:13-14: «En Él también ustedes, después de haber oído la palabra de verdad, el evangelio de su salvación, y de haber creído en Él, fueron sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es la garantía de nuestra herencia, para la redención de la posesión de Dios, para la alabanza de su gloria».
a. ¿Qué secuencia describe Pablo? Primero, oír el mensaje del evangelio (llamamiento eficaz); luego, creer; después, recibir al Espíritu Santo como la garantía de nuestra herencia, lo cual equivale a decir que, con el don del Espíritu Santo, somos hechos hijos de Dios. Vemos que la fe conduce a la adopción.
iii. Gálatas 3:26: «Porque todos ustedes son hijos de Dios por medio de la fe (dia. th/j pi,stewj) en Cristo Jesús». La fe es el instrumento mediante el cual se recibe la bendición de la adopción.
2. El orden, entonces, es: llamamiento, regeneración, fe y arrepentimiento, justificación, adopción, glorificación.
C. La relación entre fe y la santificación definitiva
1. Generalmente pensamos en la santificación como un proceso progresivo, continuo, que caracteriza la vida cristiana. Pero antes de considerar nuestro crecimiento y progreso en santidad, debemos reconocer un aspecto de la santificación que también es similar a la justificación y la adopción: la santificación definitiva. No sólo somos hechos santos en nuestra persona, sino que somos posicionados como santos. Quizás la referencia más frecuente a nuestra santificación definitiva es cuando la Biblia nos llama santos. Allí somos definidos por la palabra «santo» o «santificado», es decir, somos «santos» de manera definitiva.
2. Vemos una santidad «una vez por todas», definitiva, en los siguientes versículos:
i. Hechos 20:32: «Y ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que puede edificaros y daros la herencia entre todos los que han sido santificados (toi/j h`giasme,noij: participio perfecto pasivo)». Pablo describe a los cristianos como aquellos que están en un estado de haber sido santificados. Dios los ha posicionado como santos, separándolos para sí mismo.
ii. Hechos 26:18: «para que abran los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz, y del dominio de Satanás a Dios, a fin de que reciban la remisión de pecados y una herencia entre los que han sido santificados por la fe en mí (evn toi/j h`giasme,noij pi,stei th/| eivj evme)».
a. El tiempo de «santificados» es un participio perfecto pasivo, lo cual indica un estado, una posición, una condición de santificación.
b. Nótese también cómo esta santidad posicional se asemeja a la justificación y la adopción del cristiano. El creyente es establecido delante de Dios en Cristo como legalmente justo (justificación), legalmente heredero (adopción) y legalmente santo —separado del mundo y posicionado en relación con Dios (santificación definitiva)—, calificado así para entrar en el templo del Señor y ofrecerle adoración.
iii. 1 Corintios 1:2: «a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús (h`giasme,noij evn Cristw/| VIhsou/), santos por llamamiento (klhtoi/j a`gi,oij), con todos los que en todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro».
a. La posición del cristiano está en Cristo, una posición a la que ha sido llamado.
b. En esa posición, estamos santificados y somos definidos, nombrados, «santos».
iv. 1 Corintios 6:11: «Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios».
a. Todos los verbos están en aoristo, lo cual indica una acción pasada y completada. Los cristianos de Corinto fueron definitivamente lavados, santificados y justificados. Que la santificación mencionada aquí sea definitiva se ve no sólo por el uso del aoristo, sino también porque se menciona antes de que Pablo hable de la justificación. Sabemos que la justificación ocurre al comienzo de la vida cristiana y que la santificación progresiva caracteriza la vida cristiana misma. Si Pablo estuviera hablando de santificación progresiva, esperaríamos que mencionara primero la justificación y luego la santificación.
b. Aprenderemos que la regeneración también es un lavamiento, una purificación definitiva que forma parte de nuestra santificación definitiva. Cuando Dios nos salva, nos hace santos. Pablo describe a los corintios como habiendo sido lavados (regenerados), santificados de manera definitiva y justificados.
v. Efesios 5:26: «para santificarla (a,gash: subjuntivo aoristo activo), habiéndola purificado (kaqari,saj: participio aoristo activo) con el lavamiento del agua por la palabra». «Santificar» está en modo subjuntivo de posibilidad y expresa la intención de Cristo de hacer santa a su esposa, la iglesia. Esto se refiere al carácter progresivo de la santificación. Pero esta santidad progresiva se basa en una purificación pasada y completada, que habla de la santificación definitiva y posicional.
3. De este recorrido vemos que la santificación definitiva sigue a la fe en Cristo y, por tanto, debe situarse en el ordo junto con la justificación y la adopción, describiendo aún más el cambio en el estatus del creyente en Cristo, el cambio en la relación del creyente con Dios en unión con Cristo. La santificación definitiva también precede a la santificación progresiva y se establece en la regeneración. Así, hay un aspecto de la santificación definitiva que también concierne a cómo Dios cambia al creyente. Dios no sólo cambia nuestra relación con Él, sino que también nos cambia a nosotros mismos. El orden de las bendiciones salvadoras es ahora: llamamiento, regeneración, fe y arrepentimiento, justificación, santificación definitiva, adopción, glorificación.